Capítulo 4: Negociación

Libro I

En esa ocasión, Renzo Vega soñó con todas las cosas que siempre quiso y que siempre supo que no iba a tener nunca.

Una bonita casa en medio del bosque, autosuficiente, con un filtro asesina-insectos automático de última tecnología, y con acceso al mejor internet de la Tierra para poder piratear todas las películas que le fueran posibles.

Un harén poligínico conformado por dos chicas blancas, dos morenas, dos asiáticas, y quizás una transgénero argentina para equilibrar la balanza; eso sí, que sus miembros viriles tuvieran un tamaño similar como mínimo. No quería pasar pena.

Un dispositivo de teletransporte legalizado que hiciera desaparecer a toda la gente frente a él cuando estuviera atrapado en filas largas. Un camión de helado volador con todos sus sabores favoritos y la capacidad de saltarse fácilmente el tráfico. Una productora con dinero infinito que le permitiera financiar cualquier película, serie o videojuego que por norma general no vería la luz verde jamás.

Sentirse completamente conectado con otra persona.

Una familia que no lo viera con vergüenza.

Tener algo por lo que emocionarse todas las mañanas. Una razón para creer que su vida se mueve en la dirección correcta.

Pero ya había parte de eso en su día a día, ¿no es así? Su trabajo de ensueño. Sin embargo, ¿qué era esta incertidumbre que aún le pesaba tanto? Una desconfianza temible hacia el destino que lo rodeaba. Si es que acaso existía tal cosa como un "destino".

Tenía la rara sensación de que no había venido a este mundo para encontrar la felicidad. Tenía la rara sensación de que estaba maldito. De que cada victoria era un trampa y cada sonrisa un engaño. De que entre más subiera, más fuerte iba a ser su caída.

En esa ocasión, Renzo Vega soñó con todo lo que le daba miedo.

Volverse exitoso. Ser respetado. Sentir amor. Hallar la verdadera fuente de su alegría. Traer vida al mundo. Aprender a perdonar. Vivir. Vivir de verdad. Vivir una vida que le hiciera sentir orgulloso todos los días.

Cuando despertó, su boca estaba seca y su cuerpo sudoroso. El ambiente se sentía extrañamente cómodo, casi de una manera imposible, artificial y natural al mismo tiempo. Entender la sensación sólo podía conseguirse viviéndola en carne propia.

La habitación no era fría, pero tampoco caliente, pero tampoco tibia. Era la temperatura ideal. Fresca sin congelar, cálida sin volverse tediosa. Se levantó con cierta lentitud. La cama tenía un diseño ovalado, el cuarto era colorido y de ambiente tropical. Como era de esperarse, no existía un solo electrónico a la vista.

—... Mi ron.

¿Dónde había quedado su alcohol? Maldita sea. Renzo se levantó de la cama. Estiró los brazos. ¿Por qué se sentía tan descansado? Era la primera vez en toda su vida que no tenía una sensación de sueño infernal al abrir los ojos. ¿Era normal? No podía ser normal.

Asumió que era imposible. ¿Era así como se sentía la gente común y corriente? ¿Sin un peso tedioso sobre la cabeza? ¿Sin ganas constantes de cerrar los párpados y caer dormido en el suelo? Vega no había sentido energía como esta recorrer su cuerpo desde que era un literal niño. Ni siquiera puberto, sino niño.

Giró la cabeza a un lado, luego al otro. Su botella, aún medio-llena, esperaba sobre una fina mesita de noche que reposaba frente al colchón. No tardó medio segundo en rodear su vicio con los dedos.

—Mierda. Espera.

Es cierto que se había prometido bajarle a la bebida, especialmente con los consejos de su terapeuta.

Pero, de nuevo, su garganta estaba seca.

—Meh.

Sin darle muchas vueltas, destapó y pegó un sorbo alargado. El calor en su pecho contrastó allí mismo con la sensación térmica perfecta que resguardaba el resto de su cuerpo. Exhaló una bocanada de aire satisfecha cuando finalmente se medio-llenó la barriga, limpió sus labios húmedos con parte de esa bata roñosa que llevaba puesta desde hacía...

Oh. ¿Desde cuándo la llevaba puesta?

A todas estas, ¿cuánto tiempo había pasado? Desde aquel sueño que no resultó ser un sueño.

—Carajo. Imbécil.

Murmuró para si mismo, y no mentía, era un imbécil. ¿Qué carajo estaba haciendo? Acababa de despertar después de una situación apocalíptica y esta era su primera reacción. ¿Dónde demonios estaba? ¿Qué tanto de lo que había ocurrido era real? No había tiempo para hacer el idiota.

¿Y el otro muchacho? ¿El bobo de las gafotas? ¿Y el cadáver de aquel ogro? ¿Y la bestia demoniaca que juraba que lo iba a matar? Renzo se paseó la mano por el cabello con una fuerza bruta antes de que su cerebro finalmente procesara que, si acababa de despertar en un sitio como este, mínimo algo fuera de lugar le había sucedido. Un mal sueño no podía durar tanto tiempo.

Entre tantas ideas confusas, balbuceos apagados vibraron a través de las paredes, llamando su atención de inmediato. Eran dos voces. Una, le llegaba a sonar. La otra era de una mujer que no conocía.

Renzo, cuya actividad preferida consistía en perder todo el tiempo que le fuera posible, eligió esta ocasión para actuar contra su naturaleza. Abrió la blanca puerta con lentitud, entonces pudo prestar más atención al pasillo.

Arqueó una ceja inmediatamente ante la conversación que se prestaba en el área circundante. ¿Sin señal de celular? ¿Coleccionistas "humanos"? ¿"Dinero de tu mundo"? Y a saber cuántas bizarradas más estaban siendo soltadas de aquí para allá. Su corazón latió con más fuerza. Esto estaba ocurriendo de verdad.

—Oh, Dios. No me jodas —susurró —. No me puto jodas. No es cierto.

La aparición repentina en un plano universal desconocido. Los láseres mágicos y el monstruo gigante. La dama de voz atractiva que aparentemente había ayudado a salvarle la vida en un momento crítico. Todo indicaba una sola cosa.

—Ay, puta madre. Fuí isekaiseado.

Se palmeó la frente con suavidad. Las pocas neuronas funcionales en su cerebro a medio-alcoholizar comenzaban a arder en una combinación de rabia y miedo. No sabía cuál era el nivel apropiado de impotencia que debería estar sintiendo ahora mismo.

Por supuesto que el momento exacto donde conseguía trabajo era cuando acababa siendo teletransportado a otro universo. ¿Cómo no iba a ser así? Renzo Vega con trabajo, una imposibilidad tan paradójica y destructiva que sí o sí debía romper las leyes del espacio-tiempo.

¿Y ahora cómo coño iba a regresar a su casa? ¿Cuánto tiempo tomaría? ¿Por qué justo ahora? Sólo quedaba tomárselo con humor. Pero incluso eso le era imposible. ¿Por qué carajo se lo tomaría con humor? Se había esforzado. Había trabajado día y noche para salir de su situación de mierda. Había dado todo lo que le era posible dar teniendo en cuenta sus circunstancias.

—Hijo de perra. Carajo. ¡Mierda!

Exhaló contra su propio puño. Cerró los ojos. Los apretó.

¿Por qué?

¿Por qué, cada maldita vez que...?

No. No lo iba a aceptar. No podía. No podía aceptar otro fracaso. No cuando este ni siquiera había sido culpa suya. No era lo justo.

Debía hacer algo, lo que fuera. Debía hacer algo en ese mismo momento. Tenía la obligación de hacerlo. Ya había llegado hasta donde estaba y no permitiría que se fuera a arruinar. No era una posibilidad.

—... Loy Braisson —murmuró una voz al otro lado del pasillo, por donde Vega espiaba.

Entonces prestó atención una vez más. No lo había oído todo, pero entre frase y frase, subconscientemente había captado las bases de lo que se estaba conversando. Le estaban cobrando a ese pobre muchacho con neurodivergencia una deuda que, por lo que se podía asumir, no era barata.

—Es un gusto —exclamaba la mujer del otro lado del pasillo, Vega se asomó —. Mi nombre es Lira. Seré tu jefa durante los próximos 10 años. ¡Espero que nos llevemos bien!

¿Ah?

—... ¿Ah?

Ah.

Vaya por Dios. Acababan de jugársela bien al gafudo. Y por como el hombre podía deducir por lo poco que había visto y oído a aquel lampiño, caería en la trampa sin dudarlo un solo segundo.

¿Quién era esta gente, de todas formas? ¿Nativos? No, el chico claramente venía del mismo lugar que él. Quizás hasta de la misma ciudad, no sólo hablaban ambos español sino que su acento guardaba cierto parecido.

Tal como había ocurrido allí atrás en ese barco rechinante, Renzo olvidó momentáneamente todos sus problemas. No solo porque la situación le provocaba algo de gracia, sino también porque llegaba a generarle lo contrario. Si hubiera estado en esa misma posición y a esa misma edad, le habrían colado una estafa de la exacta misma forma.

Fue entonces que un silbido hueco resonó a través de la recepción. Con botella en mano y paso alargado, el barbudo se asomó por el pasillo, cruzado de brazos.

—Me parece que no te oí bien, bonita. ¿Le estás pidiendo a ese escuincle que te haga mano de obra gratis por 10 años, o es mi impresión?

Lira notó finalmente la presencia del otro sujeto, aquel que había dejado tirado en cama unos cuantos minutos atrás. Por su ligera expresión de molestia, era obvio que no esperaba un desperar tan temprano.

Cambió el semblante casi de inmediato por una sonrisa falseada, pícara, hasta retadora, en lo que fijaba sus ojos directamente en el hombre. Eloy, tembloroso, miraba a un lado y al otro, incapaz de hablar.

—No es tu impresión, bonito —burló esa última palabra con un tono amenazante —. Es exactamente lo que escuchas.

Y ante esa sonrisa retante, Renzo esbozó una del mismo nivel, si no es que hasta más alto. Los pasos que dio hacia recepción fueron incluso metódicos, lentos y largos, como si hubiera dado inicio a un baile.

—Ya veo —suspiró —. ¡Bueno! No es por molestar a nadie, pero resulta y sucede que soy un tipo algo tonto; mi cabeza no está muy allí. Así que, ¿podrías explicarme exactamente de dónde sale ese trato? Para que alguien como yo pueda entenderlo, claro.

—Faltaría más —Y allí mismo la damisela cambió el ritmo de su voz a uno más lento, burlándose —. Yo: dar servicio. Ustedes: comprar servicio. Yo: cobrar servicio. Ustedes: no pagar servicio. ¡Sorpresa! —Hizo un "boom" con ambas manos —. Deber dinero. Muy unga-bunga, muy mal —Agitó la cabeza de un lado a otro —. ¿Trabajar por dinero? ¡Solución! —Y aplaudió suavemente en su lugar —. ¿Entendiste así? ¿Quieres un dibujo?

Dicho así, sonaba hasta lógico. Eloy asintió en su sitio con la cabezota mientras se colocaba el dedo en la barbilla, pensando ante tal demostración de obviedad. ¡Por supuesto! Ahora todo tenía sentido. ¿Cómo no iba a tenerlo con tal didáctica explicación? Si el hombre pedía el dibujo es que de verdad era muy lento.

—Mira tú que raro —Renzo respondió sin chistar y con palabras rápidas —. Yo no recuerdo haber comprado nada. ¿Tú recuerdas haber comprado algo, cachorro?

Ladeó la cabeza hacia Eloy, cuya espina dorsal se puso rígida allí mismo ante el ataque de nervios que le producía ser interceptado por la tercer persona desconocida en un lapso de tiempo tan corto. Miró, ansioso, al barbudo, antes de ver a la morena, y luego al barbudo otra vez.

—Eh...

Emitió el sonido, pero no dijo palabra. Ahora que se ponía a pensarlo, era cierto. ¿Le habían vendido algo? No recordaba haber aceptado ninguna compra. Si algo, por como la peliverde le había hablado, se intuía que estaba dándole todas esas ayudas gratis y por la bondad de su corazón.

Y hablando de ella, Eloy no tuvo tiempo a seguir pensándolo mucho más antes de que la mujer interrumpiera su voz interior.

—Por lo que entiendo, lo recuerda lo suficientemente bien como para haberme dicho que iba a saldar su deuda. ¿O es que no lo oíste mientras nos espiabas, degenerado?

—Dios perdone que un hombre sepa apreciar la belleza femenina. Y--

—Ew.

—Okay, auch. Y, por como yo escuché la cosa, el muchacho aquí presente aún no ha "aceptado" nada. Como mucho se dejó engatusar de cierta persona.

—¿Qué vurka significa "engatusar"? Nadie dice eso, ¿tienes como 50 años?

—Ni me molestaré en señalar lo contradictorio de lo que acabas de decir. Escucha, chica, este pobre mocoso no sabe decir que no y se le nota en la cara. Te estás aprovechando de él y me parece que no te lo voy a dejar.

—Por favor. ¿Me has visto la carita? Soy un angel, yo nunca podría hacer eso.

—Los demonios son precisamente los que toman las apariencias más atractivas. Engañan a sus víctimas con más facilidad.

—Eres un coqueto, anciano. Por desgracia prefiero a la gente que no está tan cerca de la tercera edad. ¿Por qué no te regresas a tomar la siesta mientras nosotros terminamos aquí?

—Depende de qué tanto alcohol me puedas ofrecer. Generalmente necesito más de una botella para poder dormir.

—Suficiente —Y con eso, la mujer pegó un puño en la barra —. Un trato es un trato. No fastidies más.

—El chico no ha aceptado ningún trato formalmente. ¿O sí?

—Quizás si no hubieras interrumpido, viejo, ya lo habría hecho.

—Exacto.

—¡Exacto!

—Sí, exacto.

Con cada intercambio de palabras, Renzo se acercaba más y más a su contrincante a través de la barra. La mirada de la mujer era feroz, pero la del hombre se mantenía calma. A pesar de eso, la tensión en su cuerpo era notoria.

Un silencio grave hizo que el aire pesara incomodísimas toneladas, sus ojos no se retiraron del otro en ningún momento y sus expresiones llenas de confianza resultaban inquebrantables a niveles idénticos.

Eloy, a través de sus gafas, no podía hacer otra cosa excepto mover las pupilas de izquierda a derecha. Su cuerpo temblaba, envuelto en un miedo voraz. ¿A dónde se había venido a meter? Pocas cosas le atacaban tanto el alma como la confrontación. ¡Y esto era una confrontación en su estado más puro!

El par de peleadores se habían callado y, aún con esas, sus miradas fijas mantenían una filosa discusión entre ambas. El intento de intimidación era mutuo y asimismo lo era la falta de miedo por la otra persona. Si Renzo hubiera estado despierto para ver de lo que Lira era capaz, quizás no estaría tan tranquilo.

Eloy intentó entonces abrir los labios. Pronunciar palabra. Hacerse notar. Decir que no le parecía justo, porque a la larga, aquel vagabundo aleatorio tenía razón.

Este era su momento, como personaje principal, para que ambos vieran lo cool y confiado que realmente era. Su momento para poner orden. Su momento para demostrar el liderazgo natural con el que había nacido.

Sí, Eloy, ¡sí! ¡Una vez más, el mundo te presenta otra oportunidad para despertar tu valía! No iba a ser desaprovechada, alzaría la voz, les diría a ambos que se calmaran y arreglaría la situación con palabras claras. Entonces, aplaudirían su insólita facilidad para manejar situaciones de alta tensión.

¡La hora ya estaba aquí!

En cualquier momento.

¡Faltaban segundos!

¡Menos de segundos!

Estaba por hablar, definitivamente iba a hablar.

... Estaba... Arreglando los últimos detalles.

¡Ya no faltaba nada, pero nada de nada!

Nada nadita nadín.

—...

Eloy mantuvo un silencio tan masivo que hasta se cuestionó si se había quedado sordo. Cerró los labios a tan solo una milésima de segundo de haberlos siquiera intentado abrir. Su cuerpo, congelado, fue incapaz de permitirle expulsar el ruido más microscópico.

Tenía esta sensación profunda de que cualquier aporte que intentara realizar resultaría inútil. Tan inútil que todos le verían con asco. Y cuando su mente le decía "todos", el joven ni siquiera sabía con exactitud a qué se refería.

Lo único que podía entender es que era un odioso y que a nadie con quien hablara por más de 5 minutos le iba a agradar lo suficiente como para querer estar cerca de él. Así es como había sido desde siempre y así es como se mantendría por la eternidad.

Una partícula invisible, flotando por sobre los ojos de la gente sin nada de interés para mostrar. Por favor, Eloy, ¡por favor! ¿En qué demonios estabas pensando? Calladito te ves más bonito, ya te lo dice todo el mundo. A nadie le interesa lo que Eloy Braisson tenga que decir.

—Chico —exclamó Vega, aún manteniendo la mirada en la peliverde —. ¿Tú qué opinas de esto?

—A--aah... ¿Yo? —Eloy hasta se apuntó con un dedo —. ¿Q-qué opino... Yo?

—¿Estás bromeando? —exclamó la mujer —. Ya te dije lo que opina, quiere trabajar. Eloy, ¿de dónde demonios conoces a este tipo? No parece ni que se acuerde de ti.

Y en esas, la mirada de Renzo se dilató por tan solo un segundo antes de regresar a la normalidad. No había escuchado mal, ¿no es así? Esta vez no se le había perdido en el aire.

Era una obvia coincidencia, pero el nombre de ese enano no tardó en devolverlo a la realidad como un buen puñetazo en el entrecejo. ¿Qué demonios hacía aquí peleándose por una tontería cuando debía pensar en cómo regresar a su hogar? Sus sobrinos aún no sabían la gran noticia, su terapeuta tampoco. Nadie lo hacía excepto él.

Finalmente retiró la mirada de su contraria. Sus cejas se tensaron y sus ojos divisaron la madera colorada de la barra. Se apretó la cabeza. Su corazón comenzó a later con más intensidad. Sus tímpanos lo sentían, bombeando y bombeando. ¿Qué haces, Renzo? A mitad de una discusión su maldita cabeza se perdía y terminaba en otro lado.

Pero era imposible no caer víctima de aquel microsegundo de claridad. Todo esto era cierto. No estaba en su mundo. En serio no estaba en su mundo. En serio había sido llevado a un universo aleatorio como si estuviera viviendo una historia nipona de fantasía ridícula.

Estaba perdiendo el tiempo, como acostumbraba a hacerlo. ¿Cuántos días podía estar afuera antes de que la gente notara su desaparición? ¿Antes de que lo notara mamá? Ni siquiera a ella le había alcanzado a decir que ya no debía preocuparse más por él y su estúpida falta de empleo.

—Mierda —balbuceó el barbudo para si mismo —. ¿Dónde carajo estamos?

—Bonita forma de intentar cambiar el tema, meafuentes. ¿Esto significa que me vas a dejar hacer mis negocios en paz?

—Deja hablar al niño primero que todo, mujer. Y segundo...

Dejó salir un suspiro pesado. Su psicóloga le había enseñado técnicas de respiración y no las estaba usando; tonto, tonto Renzo. Intentó desviar el ruido en su cabeza. Aún no había tiempo aún para ataques de pánico, ya dejaría a su cuerpo desmoronarse cuando estuviera en un sitio seguro.

—No me respondiste —continuó —. ¿Dónde carajo estamos? Actúas como si apariciones como la de este niño o la mía fueran una cosa matutina.

—Vas a tener que decidirte entre si quieres que hable él o yo.

—Eloy, ¿verdad? —Renzo le pegó una palmada suave en la espalda al muchacho, forzándolo a acercarse más hacia la barra —. ¿Te parece bien trabajar 10 años de tu vida por la paga de 3 días?

—P-pues...

Tembloroso, Eloy miró a la hembra de ojos brillantes, cuyo amarillo potente se sentía terriblemente animalístico. Si debía ser sincero, la sola mirada de la mujer era suficientemente temible como para hacer que no quisiera negarle nada nunca. Sin embargo, lo que el hombre preguntaba parecía problemático.

—La verdad es que... ¿No? —habló finalmente.

—Mira eso —Renzo fijó la vista en su contraria otra vez —. Ya tiene la mentalidad de todo un centennial que no se deja explotar por el sistema laboral moderno. ¿Tú qué opinas, chica árbol?

—Hey, ¡hey! Un maldito segundo —Lira golpeteó la mesa con su índice —. 10,000 loas no son "3 días de paga". La mayoría por aquí gana 500 al año como mucho.

—Oooh. ¿Es por eso que este sitio está tan vacío? ¿Los malos precios?

—¿Quieres hablar de sitios vacíos, imbécil? ¿Qué tal esa cabeza hueca que tienes allí puesta? Tienes más pelos que materia gris.

—Deja de hablarme así, me vas a acabar enamorando.

—Este hijo de...

—Lira, ¿escuché bien? —preguntó Vega, intentando recordarse a si mismo el nombre de la dama, sin recibir respuesta más que una mirada —. Asumo que el negocio va mal. Lo entiendo, es una mierda. Pero eso de estafar a un pobre pelagato que ha de estar aterrorizado y pensando en su mamá no es precisamente la mejor solución. El chico no es tonto, todos aquí sabemos que no te debe lo que dices. Además, si esos precios son reales; que lo dudo; no te vendría mal reconsiderar tu estrategia de ventas. ¿Quizás ser más amable? Conozco un par de trucos de ventas que seguro te vienen fantástico.

Espera. ¿Eloy no era tonto? Hasta él mismo se sorprendió ante tal fraseo. Jamás lo había considerado, pero quizás era cierto. ¡Quizás era el más listo del mundo! Como mínimo el muchacho sabía dividir, yo personalmente ni llego a eso.

—Hablas mucho, anciano —La voz de Lira bajó la tonalidad y su temple finalmente perdió la poca paciencia que tenía —. No me agrada.

—Es parte de mi encanto. ¿Por qué no nos dejas ir y que esto quede como la graciosa anécdota donde casi te robas a un prepuber? De paso, dudo mucho que te lleve tanto como para que me sigas tratando de ancia--

—Creo que no entendiste lo que dije.

Rojo.

Esa tonalidad de rojo en sus pupilas, el gafudo la reconoció de no mucho tiempo atrás. Envueltos en brillante carmesí, los ojos de la fémina fueron expandiéndose a la vez que lo hacía el resto de su cuerpo. Y, siguiéndole muy de cerca, la boca de Renzo Vega también expandía sus pliegues de arriba a abajo.

—Un trato —Junto a su cuerpo, la voz de Lira también se deformaba, pasando de su sonar femenino a un habla gutural y monstruosa —, es un trato.

Y a aquello le siguió un rugido que nada tenía que ver con cualquier clamor capaz de ser expresado por un ser humano. El sonar de huesos crujiendo y carne chocando contra si misma fue seguido de movimientos grotescos que imitaban una contorsión demoníaca.

Los labios carnosos de la bella mujer se habían extendido hasta el punto en que de boca ya no tenían nada. Su fina espalda engordó hasta hacerse más robusta que un tronco. Las delgadas falanges que conformaban sus dedos aumentaron en circunferencia y dureza hasta perderse en peludas deformaciones colosales.

Pronto, sobre la barra de recepción ya no descansaban manos, sino patas. Lo que observaba al par de varones estupefactos había perdido su apariencia calma, lo reemplazaba un par de ojos rojizos y enfuriados, visibles tras un hocico largo y apestoso que babeaba hambriento, luciendo colmillos con apariencia de cuchillas.

La Lira con la que interactuaron un par de segundos atrás ya no estaba allí. Se había transformado en un animal como el que ni Renzo ni Eloy habían visto jamás en persona.

Su cuerpo era del tamaño de un oso, y sin embargo su forma se asemejaba más a la de una pantera. Su rostro, cuyas facciones mortales imitaban las de un perro engullido en rabia, resultaba robusto y de mordida alargada.

Su mirada, aún envuelta en ese sangre característico, se fijó sin dudarlo sobre el hombre de pelo largo que se había callado completamente. Saltó sobre la recepción con una velocidad sobrehumana, el impacto de sus pezuñas contra el suelo envolvió el ambiente en un golpe seco.

Obligó a Renzo a retroceder lo suficiente como para tenerlo entre el hocico y la pared. Entonces el hombre sintió de primera mano el calor de su aliento bestial y la dantesca presencia de su figura.

—... Pensándolo bien —Vega tosió contra su propio puño —, tienes razón, debería hablar menos. ¿Podemos regresar un par de pas--?

El enorme cráneo del animal chocó contra el pecho del barbudo, tirándolo al suelo de un cabezazo brusco que no pareció contenerse en lo absoluto. Su espalda golpeó la pared a la vez que sus tímpanos oyeron el crujido de su preciada botella rompiéndose al fin. El olor a alcohol derramado llenó la elegante madera del suelo junto a los cristales rotos que le acompañaron.

Cuando levantó el rostro, se encontró con un rugido abismal que lo dejó mudo, Lira le mostraba los colmillos con la intención clara de tragárselo allí mismo, y no de la manera que a él le hubiera gustado.

El animal entonces le zampó la pata sobre el pecho; resultaba tan grande como para atraparlo de ambos hombros. Confrontó los ojos con los de su contrario una vez más, dejando en claro quién acababa de ganar aquel concursito de miradas que antes realizaban en recepción.

Fue entonces que, con un instinto indudablemente bestial, la mujer abrió el hocico y preparó una mordida asesina. Quizás por culpa de su transformación; quizás, simplemente resultaba que aquel había sido su verdadera intención desde el inicio. No dio tiempo a reaccionar, a intentar huir, a rogar piedad. Sus dientes se prepararon para rasgar el cuello de Vega en un solo movimiento. Entonces atacó.

—¡ESPERA! —gritó, desde el otro lado, Eloy —. ¡P-por favor!

Y el sonar de su voz llegó justo a tiempo, pues de no ser por él, Renzo Vega se habría visto descabezado ahí mismo. El filo blanco de esas estalagmitas había logrado apretar la piel del hombre incluso lo suficiente como para dejar marca, minúsculas gotas de sangre formaban caminos finos a través de su respiradero.

Lira dejó pasar un par de largos segundos antes de, por fin, separar sus fauces del contrario. Los ojos de Vega se habían abierto de par en par y sus cejas estaban apretadas, la miró con una confusión iracunda, cuestionando la gran posibilidad de que de hecho iba a matarlo. Así de fácil. Sin una razón especialmente grande más allá de que le resultó algo molesto.

Entonces la bestia observó al chico. Y este, tembloroso, se arregló el cuello de la camisa, el cual ni siquiera estaba apretado para empezar. Su frente se había llenado de sudor por los nervios y hasta la piel se le había colorado. Lira siguió sin hablar, su visión era fija y su pata se mantenía sobre el vagabundo.

—Yo... Eh... Voy a —Se pausó; realmente no quería aceptar ese tonto trato, pero tampoco podía quedarse quieto viendo cómo mataban a un tipo que estaba intentando ayudarlo —... Voy a aceptar el tra--

—¡NO! —Renzo gritó, su mano se levantó hacia el muchacho, extendida, haciéndolo detenerse en sus palabras —. No.

Y el animal con rostro de perro y cuerpo de oso no tardó medio segundo en rugir hacia el barbudo, mirándolo con rabia. Renzo fue rápido en hablar antes de recibir un segundo ataque, esta vez posiblemente uno final.

—¡Lo siento! ¿De acuerdo? No nos conocemos de nada, fuí demasiado confianzudo. Perdón, de verdad —jadeó, hablaba entre respiraciones agitadas, su corazón aún iba a mil —. Si obligas a este niño a trabajar para ti por tanto tiempo, y además bajo amenaza de muerte, solamente vas a lograr que te agarre rabia. Su rendimiento va a ser peor y a la larga hallará una forma de escaparse o apuñalarte por la espalda. Quizás las dos cosas. Lo que quiero decir es que tal vez podamos -- puedas, tener una mejor opción disponible.

Silencio. La mujer bestia observó en silencio, Eloy tembló en su lugar. Cuando el mutismo se tornó ya demasiado doloroso, el animal dejó salir un bufido suave, como obligándose a si misma a calmarse, y hasta debilitó un poco la fuerza del apretón. Renzo comprendió esto como un permiso para seguir chachareando.

—Tienes razón, ¿vale? —habló él, entre tosidos —. Te debemos, en conjunto, una deuda por ayudarnos. Así es como funciona, doy algo y recibo algo, es una transacción, es lo lógico. Si nos dejas negociar las cosas, quizás podamos llegar a un mejor resultado que... Este —Hizo una pausa, viendo que aún no había respuesta —... ¿Por favor?

Un pequeño rugido, como fastidiado, chasqueó el aire una vez la mujer finalmente se separó de su cena. Sus cuatro patas alargadas tactearon la madera suave del suelo mientras se regresaba lentamente hacia la barra de recepción. Entonces, finalmente, tanto Renzo como el gafudo pudieron respirar.

La transformación de animal a humana fue mucho menos visceral, casi como si su habilidad funcionara de tal forma a propósito. Una nube miel brilló a través de sus poros, abrazándola por completo antes de desaparecer en el aire. Para cuando el aura mágica desapareció, Lira había retomado su forma natural.

—Sigues hablando mucho —exclamó la peliverde, ya con su tonalidad típica —, pero te daré un punto. Si el niño me odia traerá más problemas que beneficios.

Entonces tomó asiento, tan tranquila como se le veía, sin despelucarse un solo vello de la cabeza. Suspiró ya una vez acomodada, haciendo un ademán con la mano, indicándole al hombre que empezara a hablar otra vez.

El cuerpo del barbudo se sentía agotado, su cuello ardía y cuando intentó acariciárselo sintió en un segundo la espesidad de su propia sangre manchándole los dedos. Se levantó de a pocos, reincorporándose en su sitio. Dedicó una mirada seria al chico, luego la redirigió a la mujer.

—¿Lo necesitas a él en específico, o cualquier extranjero te habría venido bien?

—Si hubiera sido cualquier... "extranjero", ni siquiera me habría molestado en espantar al esclavista que estaba por llevárselo cuando lo encontré.

Renzo intentó atar cabos con la poquísima información que tenía. Lo último que recordaba de ese barco era al muchacho intentando estúpidamente defenderse del monstruo gigante. Trataba de usar su mano como si fuera un arma de destrucción masiva, pero estaba claro que tenía tan poca información como él sobre este sitio.

—¿Es por lo que lleva tatuado en los brazos? —cuestionó; haber visto cómo actuaba ese chico le confirmaba en su totalidad que no era la clase de estudiante rebelde que un día de repente decide rayarse todo el cuerpo.

—Bon... ¿Bango? Como lo llaman ustedes.

—Bingo, sí. ¿Tienes un pañuelo?

Eloy se miró la piel. Cada vez sus sospechas se confirmaban aún más. Había venido a ese mundo por una razón. Quizás era el elegido, el salvador del pueblo, ¡aquel que venía a liberarlos a todos de la tiranía! Y sus poderosísimos tatuajes súper-mágicos eran la primer marca de este destino.

La mujer, sin rastro alguno de arrepentimiento por haber casi-asesinado al hablador, sacó una toalla suave de detrás de la barra y la colocó sobre esta. Renzo lo tomó, con un movimiento cauteloso, y lo empleó para empezar a limpiarse la carne. El ardor aún no era tan grave, la adrenalina recorría su cuerpo a montones.

—Gracias. ¿Puedo preguntar para qué lo necesitas específicamente? Se le ve un chico algo escuálido. Con todo respeto, Eloy —Se auto-interrumpió el hombre; y Eloy asintió, sabía que tenía toda la razón —. No creo que sea por músculo. ¿Qué significan esos tatuajes?

—Son velthar. Todos los del otro plano llegan aquí con alguno que otro. Pero casos como ese —Señaló al gafudo con la cabeza —, digamos que sólo los llegas a ver si tienes muy buena o muy mala suerte.

—El otro plano... Ya mencionaste algo de ese estilo antes, con lo de los "coleccionistas humanos" —Se colocó los dedos de la mano libre en la barbilla —. ¿Me estás diciendo que la gente como nosotros es común aquí?

—¿La gente como tú? Definitivamente. Escucha, viejo, no estoy para responder preguntitas. Dime algo útil o lárgate antes de que me hagas enojar otra vez.

—Claro. Lo siento. El chico, ¿solamente lo necesitas para ayudarte en el trabajo? ¿Nada más? Asumiendo que sus vel... cosos, siquiera sirvan para eso.

—Sirven para todo. Entre más velthar tenga un humano en el cuerpo, más habilidades puede despertar. Así que ya te imaginarás.

—Sigues desviando mi pregunta.

—Lo que yo necesite o no necesite no es de tu incumbencia, anciano. Tener a un asistente es útil, eso es todo.

—Un asistente bajo amenaza de muerte. Mira, no quiero urgar más de la cuenta, ¿vale? Pero tú y yo sabemos que la cosa no funcionaría tan bien así como así. Si hay algo en específico para lo que quieres usar al pobre muchacho, te saldría mucho más rentable simplemente usarlo para eso y ahorrarte los otros problemas.

Lira se lo pensó, frunciéndole un poco el ceño. Eloy, por su parte, no podía evitar que el sudor nervioso parara de caerle por todos los poros. ¿Lo estaban usando como ficha de negociación? Bueno, sí, eso estaba claro. Se sentía extraño. Caía información aquí y allá y con cada nueva palabra se cuestionaba más su lugar en ese mundo.

—Está bien —Lira suspiró —. Debo reunir dinero. Toneladas de dinero, más del que alguien como yo podría ver ni en 10 ni en 20 ni en 100 años.

—Y alguien con toneladas de veltários por el cuerpo es el asistente perfecto para llegar a esa meta, ¿eh?

—Velthar, en singular. Pero sí.

Renzo echó otro vistazo al escuincle, su postura se notaba tan torpe como su expresión, que en ocasiones hasta se notaba perdida en la nada misma. El hombre se resfregó un poco el paño a través de la piel, pensó una vez más. Ganar dinero parecía una meta compleja. Y asumió que preguntarle a la mujer para qué lo necesitaba sería jugársela mucho.

—No tienes trabajadores, ¿verdad? —Reposó ambas manos sobre la barra —. ¿Qué te parece si empezamos por ahí? El chico y yo te conseguimos más trabajadores para el negocio. A cambio le reduces el tiempo de servicio que le ibas a pedir.

—Con él solito ya basta para 100 trabajadores y hasta más, ¿hablas en serio? Y para empezar, no es como si no lo hubiera intentado. No tengo dinero para pagarle a nadie.

—De eso me encargo yo. Sobre lo otro, por supuesto que si lo que dices es cierto y este muchacho tiene toneladas de superpoderes mágicos, cubriría la mayoría de necesidades de por aquí. ¿Pero qué pasa si no es del todo así? ¿O qué pasa cuando se agote? ¿O cuando lleguen clientes difíciles de tratar? ¿Vas a tenerle el ojo encima las 24 horas del día para asegurarte de que ningún estafador se aproveche de él? Mira lo fácil que te salió a ti.

—... Bien. Si esa bocota tuya de verdad sirve para conseguir mano de obra gratis, me quedo al niño por 9 años.

—Dos.

—Oh. Entiendo. Me quieres hacer reír. ¿Es eso, no? Estás causando el efecto contrario.

—¿Asumo que no vas a regatear? Con la info que has estado soltando, el chico ya se está dando cuenta de que si aprende a usar sus poderes va a poder escaparse cuando quiera.

—Ocho.

—Tres.

—Ocho, anciano. ¿Te crees que un lampiño superpoderoso y vagabundos de la calle van a hacer que este sitio se llene de tontos lanzando billetes por doquier?

—Cinco. Me creo que un negocio eficiente con buena seguridad y gente amable puede prosperar si hace bien las cosas. Además, estoy dispuesto a quedarme yo también si es a cambio de rebajarle el tiempo a él. Dos son mejor que uno, ¿verdad? Asumo que yo también tengo alguno de esos tatuajes. Simplemente no lo encuentro aún.

—Mala mía —La mujer se señaló el cuello, y Renzo supo a qué se refería —. Depende de qué tan bueno sea tu velthar. Entonces lo dejaremos en seis.

El hombre asintió, era un comienzo. Se resfregó la piel una última vez antes de sacarse la toalla de alrededor. Las heridas habían dejado de sangrar a borbotones y ahora estaban más estables, por suerte habían resultado todas superficiales.

Eloy parpadeó por detrás de sus lentes. ¿Había oído bien, o ese desconocido acababa de acceder a esclavizarse a si mismo para ayudarlo? Sus gafas se habían empañado por el sudor ansioso. De paso... Oh. Oh, vaya. El chico empezó a procesar por completo todo lo que estaban hablando. ¿Por qué ese vagabundo gracioso hacía tantas preguntas? Ni siquiera le había dado tiempo a pensarlo.

Del otro lado, la mujer no fue precisamente delicada, tomó bruscamente la barbilla del treintón y le giró el rostro de un movimiento. Entonces estiró su piel con los dedos, el velthar de Vega se hallaba justo entre un par de mordidas ubicadas en la zona alta de su cuello.

—Curioso —explicó la mujer —. No he visto este antes.

—Si no lo has visto, ¿no será tan raro como lo del chico?

—Eso no siempre es bueno. Algunos velthar dan bendiciones a su portador. Otros lo contrario... Aunque hasta a esos se les puede sacar jugo. Dejaremos que mi contacto te revise y nos diga cuál tienes.

Con su suerte, Renzo ya se esperaba lo peor. Un sello maldito que lo dejara con disfunción eréctil o cagando ladrillos. Se acarició levemente el rostro, las alargadas uñas de la fémina resultaban filosas incluso cuando no estaba transformada en bestia.

—Por ahora, ¿seis? —infirió el hombre.

—Por ahora.

—De diez años de condena a seis, ¿no soy un gran abogado, Eloy?

El nerdo tenía la boca abierta, aunque no precisamente por la conversación. Acababa de darse cuenta por completo de que ese sujeto era exactamente igual que él, no tenía la más mínima idea de cómo funcionaba este mundo. ¿No se había quedado con él en la playa precisamente porque pensó que podría guiarlo en su magia?

Si no se hubiera parado para hablarle, no se habría encontrado ni con el azul gigante ni con la mujer loca que intentaba estafarlo. ¡Se podría haber escondido! ¡Maldición, Eloy! Y de paso, solamente ahora es que lo pensaba al completo. Había estado tan sobreestimulado que ni pudo procesarlo todo. ¿Era idiota? Tenía que ser idiota.

—Si eso es todo —inquirió la mujer —, iré preparando para cerrar el--

—Whoop —Renzo levantó el índice frente a él —. Aún no es todo.

—No te aproveches, viejo. El cuento de lo triste y enojado que pueda estar el chiquillo no servirá por siempre. Será poderoso —Le dirigió la mirada al pobre gafudo —... Pero no tiene experticia. Me bastaría con ver un solo comportamiento sospechoso para descabezarlo y pasar a la siguiente idea.

Al pobre baboso de Eloy, que ni siquiera estaba haciendo nada, se le cerró la garganta allí mismo. Acababan de amenazarlo de muerte solo por existir. Miró al barbudo como rogando por ayuda.

—Dame -- dame un minuto más. Es lo último. En este... mundo, habrán otras formas de ganarse la vida más allá de llevar un hotel, ¿no es así?

—Es así, sí. La carroñería es lo que realmente me paga la comida.

—Ahí tienes la tercera parte del trato. Tú misma dijiste que ni en 10 años podrías hacer el dinero que necesitas, ¿correcto? Por lo que tener a este pobre enano perdiendo años vitales de su vida haciendo un 2% de las ganancias que realmente requieres, es un despropósito.

Lira se cruzó de brazos. Le parecía que el tipo era demasiado charlatán, sí. Pero no podía negar que, ante todo, hablaba con lógica.

—En ese caso —continuó Vega —, ¿por qué no hacemos esto? El chico y yo ganaremos dinero para ti. Más allá del trabajo en el hotel. Con cada... ¿Te parece 10%? Que reunamos de la paga total que debes conseguir, le restas otro año más. Un 60% de tu dinero está hecho y el otro 40% queda en manos de tu nuevo equipo de trabajo. Y a cambio, nadie intenta escaparse ni asesinarse entre si.

—Pfft. Asumiendo que con los trabajos de mierda que hay por aquí pudieran lograr eso, a mí me parecería maravilloso. Estás haciendo muchas promesas, guacamayo.

—Son mi especialidad. ¿Tenemos un trato? Te ayudamos a llegar a tu meta, nos guías un poco por este lugar, no explotas laboralmente a un menor de edad más de lo absolutamente necesario. Todos contentos.

El hombre finalmente extendió la mano. Lira lo miró de arriba a abajo, desconfiada. Entonces echó un vistazo de reojo al manojo de nervios que todo este tiempo no había podido hacer otra cosa más que mirar en silencio. ¿Esto que le provocaba era pena? En cierto modo hasta le hacía sentir un poco mal lo de tenerlo esclavizado más de la cuenta.

Se rascó la cabeza con una mano y, dejando salir un suspiro alargado, finalmente concluyó el apretón. Con esto el trato había sido aceptado.

—Veremos si eres pura parla o de verdad sabes hacer lo que dices —exclamó ella, mirándole a los ojos —. Bienvenido al equipo, eh...

—Carver, a secas. Es un gusto.

—Tus padres tienen un gusto curioso para los nombres.

Renzo se encogió de hombros, la dama no mentía. El apretón concluyó con un asentimiento de cabeza mutuo. Entonces la mujer revisó torpemente entre las cajoneras que se ubicaban por detrás de recepción, buscando algo. El hombre se encaminó hacia Eloy, y sin decir mucho, le ofreció el puño.

—¿Todo bien, cachorro?

El chico miró confundido durante un segundo, eso de las pistas sociales no se le daba muy bien. Pero no tardó demasiado en agitar la cabeza y, sin dudarlo de más, chocar el puño con el barbudo.

—Eh... Gracias por -- ¿Ayudarme?

—Qué va. Es lo que haría cualquier adulto responsable.

—Yo... Gracias. Esto -- sobre el trato... No sé cómo voy a... Eh...

—Ya lo veremos después. Por ahora céntrate en lo que tienes al frente.

Con solo ver la actitud de aquel chico, Renzo sabía que no iba a ser precisamente fácil ponerlo a realizar trabajos de ningún tipo. Mucho menos los que debían ser suficientemente peligrosos como para ganar el dinero que esa mujer loca les pedía.

Sin embargo, tal como acababa de decirlo, lo importante era centrarse en el presente. Apenas encontrase la oportunidad, empezaría a buscar lo que le importaba de verdad: información. Alguien en este sitio debía saber cómo regresarlo a su maldita casa. En el poco tiempo que llevaba allí ya lo habían casi-matado dos veces y no planeaba esperar a una tercera.

Además... Se suponía que empezaba a trabajar dentro de dos semanas. El límite de tiempo era demasiado corto, no podía aparecerse en la oficina con la excusa de que un antiguo dios maya lo acababa ee teletransportar a otra dimensión.

—Hecho —exclamó la morena.

Con un movimiento veloz, Lira saltó sobre la barra, chasqueando los dedos para llamar la atención del par una vez ya se encaminaba hacia la puerta. Sin dudarlo mucho, Renzo y Eloy le siguieron el paso, saliendo de una vez del hotel.

La mujer llevaba en la mano una figura de papel amate blanquecino, tenía la forma de una persona descalza y de varias extremidades. Arriba de la puerta de entrada, el par de varones notó un pequeño gancho que parecía creado exclusivamente para momentos como este.

Tras cerrar ambas puertas, la peliverde colgó la figura en su respectivo sitio, justo sobre el marco. Notaron de inmediato que, durante poquísimos segundos, un aura dorada se formó a través de toda la edificación, antes de desaparecer allí mismo.

Renzo miró un poco atontado. Eloy, que hasta el momento seguía lleno de pavor, no pudo evitar cambiar su rostro a uno con mayor emoción. ¿Era un loco hechizo de protección de hogares? ¡Se veía increíble! ¿Podía la mujer usar magia también? Bueno, eso era obvio, se había convertido en un jodidísimo oso-perro. Pero no esperaba que también fuera hechicera de esa forma.

—¿Eres una suerte de bruja, jefa? —preguntó Vega.

—No hay de esas cosas por aquí. Esto es un zanki. De los más baratos que puedo conseguir, así que no durará mucho.

—¿Amuletos protectores?

—Los más simples son débiles y no aguantan tanto castigo, pero son suficiente para este pueblo. El poco crímen que llega viene del exterior. Bastará por mientras no estamos.

Renzo asintió, tenía cierto grado de sentido. Aún no entendía las reglas de este sitio, pero si debía ser sincero, no le interesaba entenderlas para nada. Lo único que quería era irse lo antes posible.

Aquel actitud de restarle importancia a las cosas, sin embargo, estaba por cambiar ligeramente. Apenas voltear a ver el pueblo, Vega notó lo mismo que Eloy había hecho cuando recién lo hicieron entrar a través de ese mágico camino.

La misma sociedad colonial caracterizada por animales bizarros y razas que no sólo variaban en tamaño sino también color. Los mismos vehículos tallados en piedra con diseño moderno pero impulsados por neblina neón. Las mismas aves gigantes surcando el cielo, planeando entre las nubes como si fuera su rutina diaria.

Mientras veía aquel espectáculo de bizarradas, su boca se abría inevitablemente, incluso más de lo que lo hizo cuando vio a la mujer transformarse en un depredador prehistórico. A través de su cabeza, solamente pudo pasar un sólo pensamiento.

«Mis jefes no me van a creer una mierda».