Capítulo 3: La envidiable vida diaria del prolífico Renzo Vega
Libro I
La navidad no dejó de ser su fecha favorita hasta eso de los treinta y tantos años. Para ese entonces, el poco color que le quedaba a su vida se había disipado por completo, y todo el ruido que antes era fácil de ignorar se había convertido en un dolor de cabeza insoportable que lo perseguía incluso cuando las cosas a su alrededor ya se habían callado.
Pero existe una gran diferencia entre odiar y perder el gusto. Renzo no despreciaba la fecha, simplemente se había ido toda la magia para él. Antes, incluso ya siendo un adulto semifuncional cuyo único regalo yacía en comprarse a si mismo algo agradable para comer, la consideraba sin lugar a dudas la mejor época del año.
El momento, la decoración, la reunión. A la larga, solía tratarse más bien de una cuestión de vibras que de la fiesta en si. Ir a la casa de sus amigos a ver películas navideñas malísimas mientras bebían como idiotas, buscar regalos tontos para darle a sus sobrinos. La clase de detalles para los que es difícil sacar excusas cuando tienes que sobrevivir al resto del año.
Pero el tiempo pasó. Los amigos dejaron de ser tan amigos y a la familia ya no le hacía tanta gracia que el tío Renzo siguiera sin encontrar una vida estable habiendo superado ya la edad de casarse y de tener hijos propios.
Aquella navidad, Vega se había mandado a arreglar la barba, sin haberle alcanzado el dinero para poder cortarse la melena; la cual, de todas formas, aún no se hallaba tan alargada como iría a estarlo meses después.
Vestía un viejo disfraz de San Nicolás que consiguió en descuento un par de años antes de empezar a servir. En la cabeza ya llevaba puesto ese mítico gorro rojo cuya bola de felpa se meneaba junto a su caminata.
Los pelos blancos en la cara, eso sí, se le habían pasado por alto. Pero no los consideró necesarios, de todas maneras aún no estaba tan panzón como para que se creyeran que era el Santa de verdad.
Parado frente a la puerta de la vieja casa de papá y mamá, llevaba consigo una caja ridículamente grande y tan cuadrada como ella sola. Tocó al timbre con el nudillo, expectante.
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En una rara manera que no le gustaba, aquel edificación blanquecina se sentía imponente. Y cada año que pasaba, el peso de su mirada invisible era aún más profundo. Verlo le producía una culpa bizarra, una vergüenza cargante que resultaba difícil de describir con palabras.
La luz brilló del otro lado apenas sonó el «click» del pomo. Pronto, una silueta femenina se hizo notar.
—¿Y bien? —dijo Renzo.
—¿Ah? Eh, hola.
—No me vas a decir lo buen mozo que me veo, entiendo, le dejas el trabajo a mamá.
Su hermana rió, algo incómoda, ante el mal intento de chiste.
La sensación se hacía peor con cada navidad nueva. Si bien se le notaba algo alegre por verlo, también era claro el desdén que Amara comenzaba a sentir hacia el vago de su hermano mayor.
—¿Y ese regalo es para mí? —exclamó la dama con un tono ligero, señalando la cajota con su cabeza.
—Depende de qué tanto te gusten los carritos de juguete.
La más joven se encogió de hombros, entonces le hizo un ademán con la mano como invitándolo a entrar, mientras ella misma procedía.
Aún parado frente a la entrada, tragó un poco de saliva en su posición. Puso la mejor sonrida falseada que le fue posible dadas las circunstancias, y siguió a través del pasillo, cerrando la puerta tras de él.
En su caminata existía cierta sensación de cansancio y fastidio. No quería admitirlo, y no lo haría jamás ni para si mismo, pero también había en él un miedo sutil. Latente, aunque invisible.
A este punto de su vida, y por decisión propia, las únicas reuniones que tenía con su familia venían en las navidades y en los funerales. Los cuales, últimamente, eran aún más comunes. El rápido paso del tiempo no lo afectaba solo a él, al fin y al cabo.
Pasó a través del borde de la puerta abierta, la más grande del pasillo, que llevaba a la sala. No tardó en ser recibido por un par de gritos emocionados y empujones pequeños que a pesar de ser realizados por duendes, parecían llevar la fuerza de un elefante.
—¡Tio Carver! —dijeron casi al unísono.
Por primera vez en un largo rato, la risa de Renzo fue genuina. Los tres hijos de Pedro y la hija mayor de Amara, pequeñas mierdecillas que trataba como si fueran retoños propios, a pesar de que llevaba ya un par de años sin saber demasiado de ellos.
El mayor de todos, de 16, le ofreció el puño, mientras que los otros 3 se le habían tirado como tiburones a la sangre. El asombrerado rodeó la caja con un brazo para saludar al adolescente con el respectivo choque, mientras les hablaba a todos a la vez.
—Cada que los veo están más macizos, el próximo año me van a tirar de verdad.
—¿Por qué te disfrazaste de payaso? —preguntó el del medio, de 13 años.
—Idiota, obvio se disfrazó de vagabundo —respondió el mayor.
—Esa boca —habló entonces una voz masculina, al otro lado de la sala.
Pedro, su hermano mayor, observaba con los brazos cruzados. Saludó a Renzo asistiendo con la cabeza, sin hacer mayor acción. El hermano menor hizo lo mismo.
—Perdón —dijeron los dos chicos, a la vez, aunque más con un tono liviano, como si estuvieran acostumbrados.
—Me ofenden —dijo Renzo, con una falsa voz de tristeza —. ¿No ven que vine de payaso vagabundo?
El menor, de 10, rió, mientras que los otros 2 bufaron y hasta le siguieron el juego con un "aaah" de obviedad. ¿Cómo no se habían dado cuenta de la verdadera naturaleza de su disfraz? En efecto, suposiciones ofensivas.
La hija de Amara, y la más pequeña, hizo pucheros y se cruzó de brazos. Tenía 8 años y, por tanto, en ocasiones las bromas le pasaban un poco sobre la cabezota.
—¡No es cierto! ¡Viniste de Papá Noel, tío!
—¿Tú crees? —le preguntó, incrédulo.
—¡Sí! ¡Sí creo!
—Hmm... Nah, yo no creo. El señor de la tienda me dijo que era disfraz de payaso vagabundo.
—¡Era un mentiroso, tío Carver!
Renzo se hizo el sorprendido, abriendo los labios y los ojos bien grandes, y hasta boqueó por la noticia. ¿Le habían mentido? Cómo podía ser.
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—¿Me vieron la cara de tontooo? ¡NOOO!
—No es tan difícil hacer eso tío Carver... —exclamó Tommy, el hijo menor.
Ana, la niña, rió un poco ante las expresiones bobas de su tío y la respuesta burlesca de su primo. La impotencia ante la horrible mentira del tendero de había ido tan pronto como empezó a carcajear.
—Bueno, quítense o los pedorreo.
—¡IUU! —La única chica del grupo fue la primera en salir corriendo.
Ante la amenaza, el otro par no tardó en saltar lejos, gritando como si estuvieran en zona de guerra.
—¡Escóndanse del tío cagado! —exclamó Johan, el de 13.
—¡Esa boca! —gritó esta vez su padre, aunque ya era demasiado tarde para que lo oyeran, todos menos el de 16 habían salido corriendo.
—¡Ana! —escupió Amara, que estaba también mirando desde la puerta —¡Nada de ensuciarte el vestido, eh! ¡Bajo la cama no! —Y comenzó a perseguir a su niña para asegurarse de que no se escondiera en ningún sitio sucio.
El tío "Carver", como lo llamaban sus sobrinos en honor al apodo que llevaba teniendo ya desde el servicio militar, rió un poco mientras buscaba la primera mesa para finalmente soltar el gran regalo sobre esta. Pegó un suspiro y se acercó a su hermano, acariciándose la espalda.
—¿Mamá?
—En la cocina.
—Hm. ¿Y el enano? —preguntó haciendo alusión al nuevo bebé, segundo hijo de Amara.
—Mi mujer —enfatizó en la palabra — lo está cuidando mientras Amara ayuda a mamá con el pavo.
Renzo dejó existir un silencio suave, que sin embargo cargó todo el peso de las palabras que no pronunció. Pedro no era un tipo sutil y ya se veía venir lo que estaba por iniciar. Miró a su hermano mayor, fijo, aún sin decir nada durante unos cuantos segundos más, antes de finalmente abrir la boca.
—¿Aquí? ¿En serio?
Cuestionó, cabeceando hacia un lado, y entonces Pedro entendió claro a qué se refería apenas recordar que su hijo aún seguía en la sala.
—Si no quieres pasar vergüenza, Renzo, siempre puedes empezar a buscarte una vida de verdad.
Travis, el hijo mayor, tosió incómodo. Sacó su celular y se puso a verlo, antes de, a paso lento, comenzar a salir de la sala. Seguramente ya estaba cansado de ver el mismo numerito cada reunión familiar.
—Estoy intentando, Pedro.
—¿De verdad? ¿Estás intentando? ¿35 años y sin hijos, sin pareja, sin trabajo? ¿Tienes casa siquiera? ¿Y estás "intentando"?
—Tiene que ser una puta broma. ¿En navidad?
—Sólo se te puede hablar en navidad.
—No me estás hablando.
Pedro pegó un suspiro pesado, se dejó caer contra la pared, luego respondió.
—Mamá nos tiene locos preguntando todo el tiempo sobre qué pensamos hacer con tu caso. No quiero ser un pendejo, Renzo, en serio. Pero es lo que hay. Tienes a todo el mundo preocupado. ¿Cuándo carajo piensas arreglar tu vida?
El hombre mantuvo un silencio tenso. Su cabeza iba a mil por hora, intentando buscar una repuesta apropiada, una razón válida para su situación actual. Una excusa. Pero no había nada. La realidad es que su hermano no mentía.
—Mira —habló finalmente —, ¿qué quieres que haga? He intentando de todo. Sólo necesito más tiempo.
—¿De verdad, Renzo?
—Sí, de verdad.
—Llevas más de 10 años de tu vida saltando de idea en idea sin que te sirva nada. Que si un negocio de esto, que si un servicio de aquello; te das cuenta, ¿no? Es hora de que empieces a buscar un trabajo real.
—Tengo un trabajo real, ¿de acuerdo?
—¿Qué cosa? ¿"Escritor"? ¿Cuándo fue la última vez que te llamaron de algún sitio?
—Siempre están necesitando gente. Así es como funciona.
—Escúchame, hermano. Lo siento, ¿vale? Pero ya va siendo hora de admitir las cosas como son. A día de hoy hay máquinas que pueden hacer lo mismo que tú y a mucha mayor velocidad y sin la necesidad de pagarles un sueldo decente cada mes. No puedes seguir viviendo de ahorros y de "tal vez la semana que viene alguien me va a llamar". ¿Entiendes lo que te digo?
Vega pegó un suspiro pesado. Se acarició la cara. Las palabras no dolían únicamente por aquella sensación que conocía tan bien y tan de cerca, aquella de ser el apestado, de ser el bastardo en el que nadie nunca creyó.
No. Dolían también porque eran ciertas. Un año tras otro, nuevas formas de intentar explotar la inteligencia que desde niño le habían dicho que supuestamente tenía. Un año tras otro, nuevos fracasos vergonzosos que sólo resultaban en pérdidas de tiempo masivas.
¿Pero qué se suponía que debía hacer? Una sensación temible le entumecía todo el cuerpo cuando pensaba en volverse una persona del "común". En rendirse ante el mundo. Quizás era el ego. La ira acumulada por todas las burlas, por todas las veces que le habían dicho que era un inútil. Quizás era algo más.
—Lo entiendo, de verdad —le respondió —. Creo que sería mejor idea no hablar de estas cosas en navidad.
—¿Y entonces cuándo mierda, Renzo?
—Buscaré algo más estable y se los dejaré saber, ¿de acuerdo? Relaja la vagina un rato, anda.
—Me parece que para ti es muy fácil "relajar la vagina", socio. Los demás lo tenemos un poco más complicado.
—Tu mujer especialmente, asumo.
—Ah, que te sigues haciendo el gracioso.
—Vine disfrazado de payaso, ¿recuerdas?
—Payaso vagabundo —enfatizó.
—Sí, sí. Ya entendí.
La conversación no terminaría nunca. Y de lejos parecía hasta ridícula, un hombre trajeado y de buen porte discutiendo a media sala con un sujeto vestido de Santa Claus. Gracias al cielo, una voz externa finalmente interrumpió lo que iba a resultar en un bucle de culpabilidad sin fin.
—¡Eres malísimo buscando, tío Carver! —gritó Tommy a lo lejos.
Renzo se encogió de hombros ante su hermano mayor, el deber lo llamaba. Incluso en su paso hacia la salida existió cierto cansancio, por alguna razón cada acción que realizaba se sentía como un esfuerzo de lo más doloroso.
Pero cuando se trataba de hacer el payaso con sus sobrinos, el fastidio solía desaparecer momentáneamente. Era hasta divertido, excepto por el hecho real de que la edad ya comenzaba a joderle la espalda.
—¡Teman por sus vidas! ¡Pues el fervoroso tío cagado se los va a comer! ¡MUAJAJÁ! ¡JOJOJAJÁ!
Carcajeó malévolamente y a lo lejos ya pudo escuchar las risas y los "nooo" de absoluta tragedia que algunos de los chicos tiraban en sus escondites sin ningún tipo de sutileza.
En la nuca, pudo sentir momentáneamente la mirada juzgadora de Pedro, ante la niñada que acababa de tirar.
Eligió ignorar el sentimiento, aunque en cierta medida persistía. A pesar de que con los años se había logrado acostumbrar al malmirar de las personas, una enorme parte suya seguía sin estar contenta con esa sensación. La incomodidad.
Aquellos pocos minutos se pasaron como debían hacerlo. Vega tonteó un rato, se hizo el que no veía a su sobrina cuando obviamente podía notarla detrás de la cortina, se dejó matar falsamente por la espada de juguete de Johan y hasta se dejó revivir al final para luchar todos juntos contra el verdadero villano: el celular de Travis, que no paraba de sonar.
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Cosa que no sirvió demasiado, porque inmediatamente después todos se aburrieron y se fueron a ver YouTube en la tableta de Johan, mientras que Travis continuó recibiendo notificación tras notificación.
Exhausto y de regreso en la sala principal, Renzo tomó asiento en el sofá. Cierta parte de él se decepcionó de que la tontería hubiese durado tan poco, aunque recordó de inmediato que de todas formas aún debía saludar a su madre, el bebé y a sus respectivos cuñados.
Se preparó para levantarse a hacer las diligencias pertinentes antes de, repentinamente, escuchar un silbido. Travis entraba a la sala, se echó en una de tantas sillas que habían reunidas por el lugar.
—¿Y qué trajiste? —cuestionó, refiriéndose a la caja de regalo que reposaba en la mesa.
—¿Yo? Fue el niño Jesús.
—Aaah, claro, claro.
—Y a tu abuela no le gusta que el niño Jesús vaya diciendo lo que trajo antes de tiempo.
—Pff.
Realmente no le importaba tanto, Travis regresó la mirada a la pantalla antes de volver a hablar.
—¿Ya oíste el nuevo tema de Miados De Caballo Albino?
—Vaya por Dios. Olvidé que existía esa mierda —respondió Renzo, soltando una leve risa.
—Es malísimo, me encanta.
—Pásamelo a ver.
El mensaje le llegó al whatsapp casi de inmediato, ojeó el link y quedó claro sólo con el nombre que la canción era tan mala como el chico la hacía parecer.
—Oh, wow. ¿Hay gente que escucha esto?
—Para tu información, tío Carver, "Mi perro huele a queso de glande" ya es la canción número 1 en todas las listas globales.
—Arte incomprendido, verdaderamente. Más tarde lo escucho y le pongo 5 estrellas en mi blog.
Se empezó a levantar, preparado para ahora sí, ir a saludar a su madre, antes de ser nuevamente interrumpido por la voces de chicos esta vez más jóvenes que el adolescente con gustos musicales curiosos.
—¡Tíoooooo! —exclamó Tommy, que venía acompañado de los otros 2.
—Opa. ¿Ustedes no andaban viendo YouTube?
—Nos aburrimos —respondió Johan —. Todos los vídeos son lo mismo.
—Como la vida misma —Renzo se encogió de hombros —. De todas formas es bueno que no se pasen mucho tiempo mirando esas cosas del diablo, luego terminan como Travis.
El adolescente bufó, lo más gracioso de la situación resultaba en que a ojos externos Renzo podía resultar el más "diabólico" en aquel sala con sus pintas de metalero borracho.
El hombre lo había dicho de chiste, pero hasta le preocupó lo mucho que sonó a su hermano y a su madre cuando soltó el "no estén tan pegados a la pantalla" más sutil de la historia. Menos mal había sido un chiste ligero, su nivel de ancianismo aún no llegaba al de ponerse a gritarle a las maquinitas.
—Estás viejo, tío Carver —habló Johan, y todos los chicos rieron.
El pobre Renzo no tuvo más opción que aceptar las palabras con una negada de cabeza de decepción pura. Lo habían notado, esos bribones. ¡Y eso que lo escondía tan bien! Ni se le veían las arrugas. Aunque eso es porque aún no tenía tantas.
—¡Tío! ¿Qué trajiste? —Ana apuntó a la caja, una vez más.
—No puedes saber aún. El niño Dios me entregó ese paquete y me dijo explícitamente que debía ser sorpresa.
—Mi mamá me dijo que lo del niño Jesús y lo de Papá Noel se lo inventaron los grandes para quedarse hasta tarde y poder tomar más cerveza —declaró la niña, sorprendentemente curtida en el tema.
—Oh.
Amara no se andaba con rodeos, Renzo no pudo evitar reír para si mismo, intentando taparse la boca con el puño. Pensó entonces que no había nada de malo en dejarlos dar un vistazo rápido. A la larga ni siquiera eran los mejores regalos del mundo, no tenía el dinero para comprar nada decente.
—Ok, está bien. Pero es secreto, ¿eh? Mierdecillas. Luego me dejan mal con su abuela.
—¡Síii! —Celebraron casi al unísono los 3 más jóvenes, mientras que el mayor finalmente despegó la vista del teléfono con curiosidad.
Renzo se acercó a la caja. Miró a un lado y luego al otro, como si estuviera en una película de espías. Lo realmente preocupante de la situación es que la cocina estaba precisamente al lado de la sala. Aunque asumió que su señora madre estaba demasiado ocupada con la cena como para andar escuchando las conversaciones de afuera.
Abrió finalmente la tapa del regalo. Y uno a uno, los chiquillos se acercaron como sapos a descubrir el gran secreto.
—No esperen mucho, es un detalle bobo nada más.
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Vega no tenía casi nada de dinero para gastar en cosas que no fueran las cuentas. Lo que sí tenía era amigos por todos lados. Gente con la que se debían favores mutuamente y entre quienes siempre se estaban cobrando.
Para Tommy, un pequeño set de carritos de juguete basados en Monster Truckoroster, su serie malísima favorita del momento. Por suerte tenía un amigo que trabajaba en juguetería y una amiga buenísima para las manualidades que ayudó a diseñar y repintar los camiones.
Para Johan, una caja entera de sus chocolates favoritos, unas barras extranjeras que sus papás sólo le daban un par de veces al año debido a lo caras que estaban en internet. Tenía un amigo que se dedicaba a importar productos de afuera y le preguntó a Pedro primero si planeaba él mismo comprarle algunos para navidad, a lo cual respondió que no.
Para Travis, un cuadro mágico, de esos que cambian su imagen dependiendo del lado del que se esté viendo. De un lado mostraba su banda preferida mientras que del otro mostraba la que más odiaba, para que pudiera confundir a sus amigos cuando se tomara fotos en su habitación.
Ana, que llevaba ya un par de años obsesionada con una película viejísima que encontró aleatoriamente en un servicio de streaming, se llevaría un peluche personalizado que estaba basado en la protagonista del filme. Aquel había sido especialmente difícil de conseguir, pero por suerte le acabaron echando la mano.
Y para el pequeño Eloy, que era un bebé y aún no tenía especial sentido de pertenencia, le fue difícil pensar en algo que lo acompañara durante un buen tiempo.
Al final, se decidió por una libreta interactiva con tapadera de felpa. Contaba una historia simple con pocas letras y bastantes dibujos, cada página tenía algo distinto para hacer. Había visto que al niño le gustaba dibujar con crayones, por lo que la diseñó de tal forma que pudiese colorear constantemente y cambiar el rumbo del cuento según qué piezas girara o qué cosas rayara.
Con suerte, lo acompañaría a medida que fuese aprendiendo a leer y a manejar su motricidad. Esperaba que le fuese entretenido cambiar constantemente lo que ocurría en el librito según lo que fuese haciendo.
—Tío Carver —Johan fue el primero en hablar —... QUÉEE. ¡Gracias!
—Woaah —Tommy tenía una gran sonrisa en el rostro —. ¿Ese es el Destronabulldozers 3000?
—¡Elmira! ¡Ese pelo se parece al de Elmira! —decía Ana, emocionada ante lo poco que vió del peluche.
Travis por su lado sólo rió un poco, pero se notaba que el gesto le había gustado. Vega no tardó entonces en cerrar la caja ahí mismo, antes de que pudieran ver más o, específicamente, que sus reacciones llamaran mucho la atención.
—Luego a las 12 se tienen que hacer los sorprendidos, enanos. Yo los veré.
Asintieron todos ante lo que el barbudo les dijo, entre agradecimientos susurrados, antes de que Ana expandiera los ojos y se tapara la boca. Renzo escuchó una tos falseada, de esa que uno hace cuando quiere llamar la atención. La reconoció casi de inmediato.
Su expresión, que antes tenía cierta alegría, hasta orgullo por ver que a los muchachos les había gustado el detalle, cambió de tono casi de inmediato. De repente el rostro del hombre se tensó, sus párpados se entrecerraron y apretó un poco los labios, como diciendo "ups".
Detrás de él, en la puerta que llevaba a la cocina, se asomaba la silueta de una mujer ya mayor, a mitades de sus 60s.
—¡Madre querida! —exclamó Carver en voz alta, girando hacia su mamá —. ¿Y tú qué hacías por ahí que no me habías saludado?
—Hm.
La mujer no emitió más que ese simple gesto, se regresó a la cocina ahí mismo. Con un suspiro, Vega empezó a caminar hacia allí.
—Creo que lo va a regañar su mami por nuestra culpa...
Soltó Ana, genuinamente preocupada, aunque era inevitable que sonara ridículo e hiciera reír ligeramente a los otros castrosos. Hasta el propio Renzo bufó una risilla disimulada, antes de pasar al otro lado del marco.
—¿Te ayudo en algo? —preguntó el hombre.
—Amara estaba con eso.
—Amara no es quien está preguntando.
La mujer optó por ignorarlo, como llevaba haciendo la mayor parte de su vida. El calor del fogón era intenso y el sonido del aceite hirviendo cortaba a través del silencio con voracidad incómoda. Renzo suspiró, luego habló.
—Bueno, ¡hola! —Agitó la mano —. Ahora nos vemos. Ahí llamo a Amara para que venga a ayudar.
—¿Por qué hiciste eso?
—¿Saludar? Generalmente es lo que uno hace cuando se encuentra con alguien.
—Por el amor de Dios. Desde pequeño siempre quieres llevar la contraria. ¡Siempre!
—Son niños, mamá. Si ven un regalo van a querer saber qué es sin tener que esperarse 10 horas para abrirlo.
—Así no es como se hacen las cosas aquí. Pero siempre es lo mismo contigo. Que si te dicen esto haces lo otro. Que si te piden que actúes en serio, te comportas como si estuvieras en un circo. Es tradición, ¿por qué no entiendes?
—Dios, vale. Lo siento.
—No me tienes respeto.
—Ay, mamá...
—¿Por qué no estás trabajando, Renzo? ¿Por qué no llamas nunca?
—Dios mío. Les dejé ver su regalo de navidad a mis sobrinos, relájate. No se está acabando el mundo.
—Nunca me visitas. Nunca hablas con tus hermanos. A tus sobrinos sólo los ves en diciembre. Y cuando por fin vienes, ¿qué haces? Te pones a hablar de "orina de caballo" con el uno y a gritar obscenidades con el otro. ¿Qué es eso del "tío cagado"? Por Dios santo. ¡No eres un niño, Renzo!
Intentó hablar. Intentó decirle lo ridícula que sonaba quejándose de los juegos babosos de chicos pequeños. Intentó explicarle lo obvio, que los niños tontean así, que no tiene sentido amargarse y que lo mejor es simplemente reírse un rato.
Pero se sintió a si mismo mudo. Su garganta no respondía y su espalda se tensaba. De repente fue incapaz de mirarla a los ojos. Estaba ya en los 35 años de edad, quizás su madre tenía un gran punto, quizás debía limitarse a regañar si oía alguna mala palabra y a quedarse sentado sin hacer nada, revisando su teléfono.
—Ya está bien, hijo. Ya basta. Búscate una mujer. Pídele ayuda a tu hermano, sé que te puede encontrar un lugar en la empresa. Todo este teatrico del muchacho despreocupado era aceptable cuando aún tenías 20 y fumabas marihuana--
—Nunca fumé marihuana —murmuró, y no era mentira.
—Pero estás a medio camino de los 40, Renzo. Estás desperdiciando tu vida. ¿Por qué no haces algo?
—No tienes ni idea de si estoy o no estoy haciendo "algo".
—¡Algo de verdad, Renzo! ¡De verdad!
—Esta es la razón exacta por la que no llamo nunca. ¿Ves?
—Ay, ajá. Ahora se va a hacer el pobrecito —Hizo un gesto con la mano, como echándolo de la cocina, y volvió a mirar las ollas —. Lo único que siempre he hecho es preocuparme por ustedes. Pero me lo pagan así. Al menos podrías mudarte aquí para ayudarme, si no vas a estar haciendo nada. Pero no vienes ni a eso.
—Ay, por el amor a Dios. Pero si siempre que te ofrezco ayuda en cualquier cosa me la rechazas, ¡o me ignoras!
—Si tu papá siguiera aquí...
—¡Bah!
Vega hizo un gesto amargo con el brazo, se giró en su sitio y comenzó a caminar a la salida del habitáculo. Pero entonces lo detuvo la voz de su contraria.
—Hijo...
—¿Qué pasa?
—Por favor. ¿Por qué no intentas algo de provecho? ¿Sí?
—Mira, ya se lo dije a Pedro. Te prometo que encontraré algo, ¿vale? No es un buen momento para nadie.
—Renzo... ¿Por qué no regresas al ejército, hijo? Te estaba yendo bien, nos tenías a todos orgullo--
—Ok. ¿Sabes qué? Ahí te voy a pedir que te detengas —Giró otra vez, para mirarla a los ojos, y hubo un silencio que duró segundos eternos —. Fue bueno verte.
—¿Qué? ¿Qué pasa? ¿No te vas a quedar?
—En año nuevo vuelvo.
—¡Renzo!
Pero el hombre ya había tomado su decisión. Cuando regresó a la sala, notó a los niños hacer un trabajo terrible en disimular el hecho de que andaban espiando la conversación a través de la pared.
La dicotomía entre lo molesto de su interacción anterior y lo ridículo de lo que se encontró al salir, lo hizo reír allí mismo.
—Oigan, cabezones. Nos vemos en año nuevo, ¿vale? No alcanzo a quedarme a cenar.
—¿Estás en problemas, tío Carver? —preguntó Ana, sus ojos gigantes parecían los de un cachorro.
—En muchísimos —respondió, en un tono bromista —. Pero nada de qué preocuparse. Pórtense bien, ¿eh? Feliz navidad.
No dijo mucho más mientras se iba. Y los niños, incómodos ante lo que habían oído, no supieron tampoco cómo soltar mayor palabra.
A la larga irse de ahí era lo mejor. Quería hacer de todo menos acabar peleándose con alguien a media cena y causando un alboroto. Ya conocía bien a su madre y no iba a callarse en toda la noche, Pedro era más de lo mismo. Y Amara, aunque algo más comprensiva, ya decía todo lo que tenía que decir con la mirada.
Subió las escaleras, al segundo piso, tocó a la habitación donde el pequeño Eloy descansaba en los brazos de su madre. Al lado de ella estaba también su cuñado.
—Te demoraste —dijo Amara.
—Vaya. ¿Ya se durmió?
—Como un bebé.
—Já. ¿Cómo va la cosa, cuña? —saludó al esposo de su hermana.
—Sobreviviendo, Renzito, sobreviviendo. ¿Tú? —respondió el otro hombre, con tono amistoso.
—Eeeh... Las mismas. Venía a despedirme realmente.
—Uy. ¿Y eso? —habló la mujer.
—¿Tan pronto, cuñado? —añadió el papá del bebé —. ¡Acabas de llegar!
—Surgió algo con un amigo. En año nuevo nos vemos. Más te vale traer ese mismo vino del año pasado, ¿ah, cuña?
Antes de que pudieran terminar la conversación, se oyó un sonidillo adorable, el de un duende intentando hablar. Y entonces se dieron cuenta pronto de que el pequeño Eloy acababa de despertar. El cuñado rió allí mismo.
—Es escucharte y abre los ojos —dijo —. ¿Pudiste conseguirle el regalo que nos dijiste?
—De conseguirlo lo conseguí. Que le vaya a gustar es otra cosa.
El bebé empezó a mover los brazos alrededor. Renzo se acercó a su hermana. Notó sus ojotes grandes y cachetes regordetes, que en el momento parecían formar una mirada seria. Hasta medio aplastaba las cejas. Parecía ofendido por el hecho de que el tío Carver se retiraba, a pesar de que ni siquiera tenía idea de que aquel era la situación.
Renzo también frunció el ceño y hasta hizo un puchero, mirándolo directo a la cara. Y entonces, se colocó la mano sobre la frente. La bajó súper rápido, y cuando lo hizo, cambió su expresión por una de tristeza exagerada, dando la mágica impresión de que el rostro se le había deformado en un parpadeo.
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Se veía tan tonto y tan feo que era difícil no reírse, y fue exactamente lo que hizo el bebé, que se carcajeó allí mismo y le intentó agarrar la cara como para arreglársela. Pensó que se le había descompuesto.
—Gracias —comentó Amara con sarcasmo —, ahora te quedas hasta que se duerma otra vez.
—Me temo que el trabajo del tío Renzo se limita a verse bobo y regalar dinero para los dulces —respondió el barbudo —. ¿A que sí, cachorro? Auch. No me pellizques.
—Yo sí que te voy a pellizcar —exclamó ella —. ¿Y el dinero para los dulces de dónde lo saca el tío Renzo? Porque a mí me debe ya para bastantes.
Lo dijo en tono de broma, pero aún así el hombre sintió una picada ligera en el centro del pecho. Era verdad que tendía a pedir prestado cuando veía que se acercaba a los ceros. Y cuando conseguía suficiente dinero para comer, no era el suficiente para regresar las deudas.
—Creo que esa es la señal del tío Renzo para escapar.
—¡Ajá! Intenta que te lo lanzo —amenazó la mujer con tirar al enanillo, levantándolo un poco.
—Te juro que en enero me llega algo.
—Claaaro —sonrió, algo incómoda —. Te estoy jodiendo. Tómate tu tiempo.
—Créeme que lo siento, Amy.
—Ya, ya.
—Pero de verdad va siendo hora de irme. Pásenla bien, ¿eh? Menos mal logro huir antes de la sesión de fotos.
Su hermana asintió, despidiéndose con la cabeza, y luego agarró suavemente la mano de Eloy para hacerlo despedirse de igual forma. El niño sólo reía mientras veía a su tío extravagante vestido con ropas rojas y sombrero.
Mientras salía del cuarto, escuchó pasos rápidos. El papá del bebé lo había seguido hasta el pasillo.
—¡Eh, cuñado! —exclamó el otro hombre.
—Dígame, caballero.
—Me cuenta Amara que andas medio mal. ¿Cómo va eso?
—Bah, cosas que pasan nada más. Ahí voy avanzando.
—Mira.
Su cuñado, como si aún estuvieran viviendo en los 90s, sacó una tarjeta de su bolsillo, pasándosela al barbudo. Ponía un nombre y un número telefónico.
—No creo necesitar un abogado, cuña, pero lo agradezco.
—Pff, agüevado. No, hombre, es mi terapeuta. Se especializa precisamente en gente como nosotros.
—¿Ancianos?
—¡Ancianos, ajá! Más bien treintañeros y mediana edad, pero sí. Es muy buena profesional, cuña.
—No sé...
—Dale un intento. La primer sesión es totalmente gratis si vas recomendado. Y si uno anda medio jodido de economía, ella entiende, cobra menos.
Renzo se lo pensó un segundo. ¿Cuándo había sido la última vez que visitó un psicólogo? Sinceramente, nunca habían hecho mucho por él. Rascándose la nuca, pegó un suspiro y se guardó el cartón en un bolsillo.
—Lo tendré en cuenta, pues. Pero no prometo nada.
—No hay nada que prometerle a nadie, hombre. Es una cosa que uno hace para si mismo.
Su cuñado le pegó un par de palmadas, como despidiéndose. Renzo asintió. Entonces se preparó para regresar a casa.
Una vez en la puerta de salida, notó que bajo sus pies, descansando en la alfombra, se encontraba una caja de regalo rectangular que antes no estaba allí. Arqueó una ceja. La recogió, pensando que a alguien se le había caído, pero notó rápidamente que la tarjeta cuestionaba su teoría.
«Para el tío Carver», decía, «De Johan, Ana, Tommy, Travis y Eloy». Todos habían escrito su propio nombre excepto el bebé, del que habían unas marcas torpes de crayón como indicando que ese era el nombre suyo.
No entendió muy bien por qué, pero allí mismo todo el peso de su situación comenzó a sentirse aplástandole los huesos. Sonrió ante el adorable gesto, miró alrededor y, tal como sospechaba, los 4 chicos estaban espiando desde lejos.
Asomándose por la puerta de la sala, se despidieron de él entre palabras sueltas y agitadas de manos. Riendo, el hombre les agradeció con un grito antes de decir adiós también. Salió de allí con el regalo navideño entre sus brazos.
Se trataba de unas pantuflas de conejo, como esas que siempre usan los personajes de caricatura.
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Renzo carcajeó a solas a través de una noche iluminada por luces de festival. En cada hogar a la deriva podía oír las risas de familias unidas. Le hacían sentir un fraude.
Era la culpa. La vergüenza de ser un inútil. De sentirse como un hazmerreír. Quizás su personalidad despreocupada y actitud boba serían mejor vistas si fuese un hombre decente, pero Renzo Vega era un señor de 35 años incapaz de conseguir trabajo, viviendo de sobras y de préstamos; un parásito que únicamente no acababa de caer tan mal porque en ocasiones provocaba un poco de gracia.
Llegaba navidad y las únicas personas que se alegraban de verlo aún no tenían la edad suficiente como para poder comprender la clase de fracasado que era. Cuando pensaba en eso, le entraban ganas de vomitar.
—Necesito un trago.
Murmuró. Encontrar bares vacíos era extrañamente más complejo en navidad que en cualquier otra época del año. Se vio forzado a aventurarse al primer tugurio con olor a muerto que vio en el camino.
Fue una vez se vio sentado en la barra que su pastel de mierda halló la cereza reposada en el centro.
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Un mensaje a su whatsapp, reconocía la foto, reconocía el nombre que él mismo había escrito.
«Bueno. Ya entendí», decía la primer notificación, de Lana.
«Ni siquiera para navidad. Ni siquiera eso. Está bien».
«Adiós».
Durante un momento no pudo respirar. Entró al chat y, como era de esperarse, lo había bloqueado.
¿Por qué se sentía tan mal, si él mismo había creado esa situación? No era merecedor de vergüenza. Y aún con esas, era imposible no sentirla. ¿Cuánto tiempo llevaba sin hablarle? ¿3 meses? El paso de los días llevaba siendo confuso para él durante ya muchos años. Más de los que podía contar.
Releyó los mensajes una y otra vez. No lo había insultado, incluso estando en todo su derecho. No lo había enviado al carajo, no le había reclamado nada. Bastó con mostrarle sus propias acciones, el hecho de que ni siquiera en una fecha como esta se atrevió a saludarla. Era un cobarde y ella lo sabía.
La primera bebida que tomó esa noche no se diferenció de la segunda, ni de la cuarta ni de la sexta. Todo estaba plano. Su vida estaba plana. Sobrevivía por instinto, sin felicidad real o metas a seguir, temiendo cada día más la idea de morir sin haberle aportado nada a nadie. Era una decepción.
El poco dinero que guardaba en la billetera se fue yendo con cada trago que le pasaba por los labios.
Una a una, sus neuronas fueron apagándose ante los villancicos de la radio y las carcajadas de los demás borrachos.
La vista se le nubló, las sombras de todo quien alguna vez conoció cruzaron a través de su periférico, sin ponérsele nunca al frente.
Cuando se dio cuenta, estaba tirado en su sofá, los fuegos artificiales no fueron suficientemente ruidosos como para sacarlo del letargo.
En vez de descansar bajo el calor de su ala familiar, esa navidad la sobrevivió con la sangre repleta de alcohol y el frío de su propia sala abrazándole la piel. Un lunes como cualquier otro.
Y así pasaron las semanas, una a una, como siempre lo hacían. Estáticas, inútiles, apagando cada oportunidad de mejora que alguna vez pudo llegar a tener.
Para cuando se dio cuenta ya había terminado enero, y tal como ocurría siempre, aquel promesa que hizo a su familia de buscar "algo" no había concluído en nada.
—Tengo...
Se encontró a si mismo sentado frente a la televisión. ¿Cuánto tiempo había pasado de verdad? ¿Llevaba todo eso perdido?
—Tengo que enviarlo.
Pensó en voz alta. Era correcto. Hacía eso de unos días acababa de surgir una oportunidad de oro, más aún en estas épocas difíciles, donde ninguna empresa real estaba buscando personas con sus, admitámoslo, pocas capacidades.
Un concurso de escritura cuyo ganador tendría el premio de conseguir una oportunidad para trabajar junto a la que Renzo consideraba su cadena televisiva favorita. Parecía un sueño imposible, y precisamente por eso llevaba días evitando trabajar en el manuscrito.
Pero aquel día no había podido desayunar. No sólo eso, el pobre almuerzo que con suerte había conseguido ni siquiera llegaba a una pizca de llenarle la panza. Las facturas se acumulaban, no había conseguido aún la de la electricidad y seguramente iba a tener que pedir limosna otra vez a algún conocido.
Debía hacer algo, lo que fuera. Y precisamente de eso se encargó. Con el estómago rugiendo, Carver se acomodó en la silla de su escritorio, abrió esa vieja laptop que casi hasta tosía de lo deplorable que estaba, e intentó escribir.
Pero tenía un cansancio voraz, uno que solamente le entraba cuando quería ser útil.
De repente sus pensamientos se iban a un lado y al otro sin encontrar punto medio.
De repente pasaban horas que se sentían como minutos.
De repente caía la noche, y con muchísima suerte el hombre había podido escribir dos palabras.
¿Qué era lo que estaba pasando? ¿Cuánto tiempo llevaba así? Se dio cuenta de que febrero había llegado. No sólo eso, ya faltaba poco para la mitad de mes. ¿En qué momento había ocurrido?
Estaba hambriento. Estaba cansado. Su cabeza funcionaba cuando se le daba la gana y sus dedos no podían tocar el teclado más de 5 minutos al día. Se sentía perdido.
Recordaba cada mal paso que alguna vez dio. Todas las oportunidades abandonadas, todos los talentos que le dijeron que tenía y que resultaron ser un fiasco.
La hoja en blanco lo observaba con un escarnio antinatural, sentía su risa aún cuando esta era incapaz de emitir sonido. ¿Por qué no podía hacer nada con esa estúpida cabeza suya? Lo que fuera, no importaba qué, necesitaba sacar algo, y aún con esas no podía.
El rugir de su estómago parecía querer tomarlo de los brazos y piernas y partirlo en pedacitos. Mamá tenía razón. Sus hermanos tenían razón. Papá, si es que lo estaba viendo de algún lado, seguramente tendría razón. Renzo Vega era un donnadie y si seguía así, moriría siendo un donnadie.
Lo único que necesitaba era aceptar la realidad. Lo único que debía hacer era conformarse con una vida mediocre. No era ningún niño, toda persona adulta era capaz de entender ese principio básico. Que de sueños e ideales sólo pueden vivir los suertudos. Y Renzo Vega podía ser muchas cosas, pero no era un hombre suertudo.
Pero su orgullo sobrepasaba su hambre. Su ira era más poderosa que su miedo. No podía irse de este mundo sin antes haber logrado algo de lo que estuviera verdaderamente orgulloso. No le parecía justo.
—Mierda... ¡MIERDA!
Cerró la laptop con brusquedad, de un topetazo. Golpeó la mesa con un puño seco, las basuritas y las hojas y los lápices cayeron al suelo en un movimiento errático que ecó contra las paredes.
El hombre se levantó de la silla con un salto tan brusco que esta cayó al suelo. Salió de su habitación, con pies agitados, y luego hizo lo mismo con su apartamento.
Por primera vez en mucho tiempo la calle estaba vacía. No recordaba la última vez que pudo salir a caminar sin la mirada infernal de la multitud juzgándolo en silencio.
Esa noche la situación fue distinta. Esa noche la luz de la luna le dio un descanso. La brisa fresca llenó sus pulmones y el tacto de sus zapatos contra el césped se antojó suave.
El pequeño parque de al frente de su edificio no contaba con los marihuaneros usuales ni con los chicos jugando al fútbol o los tipos solitarios paseando al perro. Las luces de las ventanas alrededor estaban en su mayoría apagadas, y los carros no pitaban. Finalmente, había silencio.
Renzo se arrodilló en el pasto, mas no fue por decisión propia. Cayó, brusco, sus piernas temblando ante lo repentino del impacto. Lo más alto del cielo iluminaba su cabello, el astro flotante que miraba desde el espacio exterior se hacía notar, imponente. Sus poros brillantes le espiaban el espíritu.
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Allí, siendo observado por la luna, Vega se tapó la cara con las manos. Colocó la frente contra el suelo. Respiró hondo.
Entonces gritó.
Gritó, lleno de frustración. Lleno de ira. Una rabia incontenible hacia su propio ser.
Gritó, lleno de tristeza. Lleno de pena. Una vergüenza sin igual. Una por la que sólo podía culpársele a él mismo.
Gritó porque su cuerpo era una máquina de incompetencia construída para fabricar inutilidad, impulsada por el cinismo y la mala suerte.
Gritó porque se veía impotente ante la lentitud de su cabeza y el cansancio de sus manos. Ante el peso que representaba su espíritu rendido.
Gritó porque estaba lleno de dolor.
Ya no podía aguantarlo más.
¿Qué causaba todo esto? ¿Y por qué?
Recordó su niñez, cuando estaba lleno de vida, de ideas, de ganas por seguir adelante. Cuando el hambre que sentía no era física sino mental. Cuando quería aprenderlo todo.
¿Por qué ahora era todo tan distinto? ¿Por qué no podía terminar una sola tarea? Algo tenía que estar causando este desastre. Se rehusaba a creer que ocurría simplemente porque sí. Necesitaba una explicación.
Renzo respiró profundo. Se levantó lentamente y comenzó a caminar lejos, antes de que algún vecino llamara a la policía por culpa del borracho loco que se puso a desgarrar la garganta a plena noche.
Tomó su celular. Escribió a un número que se había guardado ya varias semanas atrás, pero al que nunca se atrevió a marcar.
—¡Buenas! —exclamó a través del audio —. Un gusto, se comunica Renzo Vega. Disculpe la hora —Acababa de notar que era de madrugada —. Les hablo porque mi cuñado me recomendó llamar aquí hace un rato ya. Quería preguntar si aún hacen lo de la primer cita gratis. Quedo atento, gracias.
Y con eso, tomó una decisión que no creía posible desde hacía ya muchos años: buscar ayuda.
El tiempo, como ya lo tenía acostumbrado, pasó sin que se diera cuenta.
No se trató de un proceso rápido ni mucho menos. De hecho fue más bien todo lo contrario. El primer par de citas fueron confusas para él y no estaba del todo seguro de que se tratara de algo especialmente útil.
Lo que sí era cierto es que desde la primera vez notó una diferencia en su forma de ver las cosas, aunque minúscula. Y una diferencia minúscula era precisamente lo que necesitaba. Algo que cambiara su ritmo, que lo sacara de la rutina depresiva en la que se había autoinducido.
De la doctora aprendió aspectos de su propio ser que antes no entendía. Muchas de las razones tras su miedo a hacer las cosas, tras los comportamientos que su cuerpo llevaba a cabo para que se quedara atrapado en su zona de confort.
Aún llevaba pocas citas, no llegaban a más de 7 u 8, pero todo lo que iba aprendiendo lo iba ejerciendo en su día a día. Su cabeza no estaba más clara, eso era evidente. Tampoco se sentía exactamente mejor consigo mismo y sus decisiones.
Pero lo que sí era cierto es que avanzaba. Pasos minúsculos que para las otras personas ni siquiera eran notorios, pero para él sí. Sentía que de una u otra forma estaba ganando una lucha que llevaba perdida durante décadas. Una pelea infinita contra su propia inseguridad.
Fueron esos pequeños trazos de esperanza, esos ligeros entendimientos de las partes que conformaban a su propio ser, lo que poco a poco comenzó a generar microevoluciones en su comportamiento.
Y entonces empezó a escribir. Escribió como llevaba sin hacerlo durante años. Escribió sus metas y sus sueños. Sus dolencias y sus lecciones. Escribió sobre la gente que conocía y la gente que quería conocer.
Ni siquiera lo notó para cuando había terminado el manuscrito que debía enviar a aquel concurso. Lo entregó a un solo día de que llegase la fecha final. No esperaba ganar en lo absoluto, ni siquiera acercarse a los mejores resultados. Pero estaba feliz de haberlo podido terminar.
—Entonces —dijo ella, la terapeuta —. Pudiste terminarlo.
—Pude terminarlo.
—¿Orgulloso?
—Se podría decir, sí.
—Voy a decirte lo que veo aquí, según mi perspectiva. Tú puedes elegir si te parece correcto o no —indicó la doctora, y Renzo asintió —. Hiciste algo que, cuando empezamos, ni siquiera creías posible hacer. Terminar el texto para el concurso. Empezaste a levantarte temprano. Empezaste a retomar el ejercicio, así sólo sea trotar una vez al día; el caso es que has podido ser consistente. Por lo que estoy viendo, a día de hoy, puedes hacer cosas que antes no. ¿No es así?
Renzo sonrió ligeramente. La mujer no mentía. Sonaba a poca cosa, seguro que para su familia se trataba de nimiedades y para la gente del común esas 3 tonterías hacían parte básica de una rutina convencional. Pero para el hombre, aquellos pequeños pasos antes se sentían imposibles.
—Es así, doctora. Lo único que me hace falta es un yate y ya podré decir que formo parte de la élite.
La psicóloga rió, antes de responderle.
—Puede ser, puede ser. Pero es un gran avance, ¿no te parece? Te estás demostrando que eres capaz de terminar las cosas que empiezas, el tú de nuestra primera sesión jamás habría pensado en eso como una posibilidad.
—Supongo que no, no.
—Muy bien. Eres capaz. No estás "perdido". Me gustaría que pensaras en eso —Hizo una pausa —. Y ahora, ¿cuál es el plan?
Y en aquello, Vega se quedó pensando. Discutieron el tema durante un buen rato.
¿Cuál era el plan? Era evidente que ese trabajo en específico no lo conseguiría. ¿Entonces cuál era el plan? ¿A dónde debía dirigirse ahora?
Salió de allí pensando en una realidad preocupante. Que, por mucho que estuviera avanzando, no lo hacía a un ritmo lo suficientemente rápido. Aún era incapaz de verse a si mismo en una rutina que los demás considerarían normal.
¿Cuándo llegaría el momento en el que podría aceptarlo? El hecho de que sí o sí debía someterse a un estilo de vida normal. Porque sabía que, llegado algún punto, debía aceptarlo. Ese punto, sin embargo, no parecía estar cerca en lo absoluto. Y la realidad es que, aunque la mujer le había explicado mucho sobre su propio cerebro, seguía sin comprenderlo del todo.
Aún estaba confuso y desconfiado de sus propias capacidades. No se sentía listo. Sinceramente, a pesar de lo que acababan de hablar en la última sesión, no creía que iba a sentirse listo jamás.
La preocupación no llegó a durar demasiado. Unos días después, revisando su correo, Renzo leyó algo que creía un sueño.
«Estimado señor Vega, nos comunicamos por este medio puesto que no recibimos respuesta a ninguna llamada telefónicas hecha en los últimos días»; tenía bloqueados a los números desconocidos, estaba hasta el carajo del spam. «Hace poco participó en un concurso de escritura, del que nos alegra avisarle que quedó entre los ganadores».
Y aquello... Aquello se sintió extraño. No se lo creía, tenía que ser una estafa.
Pero se comunicó al sitio. Pasó el tiempo. Se comunicó con los asesores. Siguieron los días. Se comunicó con quienes serían sus potenciales futuros jefes. Continuaron los minutos.
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No era una mentira.
Por mucho que parecía serlo, no era una mentira.
La oportunidad era un trabajo estable como escritor en la mesa de algunas de las creaciones más recientes de la productora. Joyas sin descubrir que recién iniciaban sus procesos y requerían de nueva sangre.
La paga era más que decente para alguien como él, que vivía de billete en billete. La garantía de estabilidad era algo que no había visto en toda una vida dedicada a saltar de cliente en cliente sin nunca tener idea de si el mes que venía lo iba a contratar alguien.
¿Y la compañía? Llevaba siguiendo su trabajo durante años, admirando desde lejos la capacidad que tenían para cambiar la vida de la gente a través de sus historias. Renzo creía firmemente en que la ficción es una ventana al alma. Una serie de mensajes que quedan en el inconsciente, que son capaces de reconstruir a las personas para mejor.
Pero nunca se vió allí. Sólo lo soñó. Y ahora la oportunidad se presentaba, así de fácil, así de rápido. ¿Era en serio? ¿Nadie le tomaba del pelo? ¿Lo único que había necesitado era terminar lo que empezó? Se sentía estúpidamente simple, aunque sabía que para él no lo había sido.
El día en que terminó la reunión con quien sería su futuro jefe de grupo, sonrió. Sonrió de manera genuina, por primera vez desde que sus sobrinos le habían hecho reír tantos días atrás en víspera navideña.
Desde la infancia, Renzo Vega siempre se vio a si mismo como un perdedor nato. Alguien que no había llegado al mundo para conseguir nada de provecho. Ese chico de la escuela al que todos conocieron pero que nadie recuerda cuando se les pregunta sobre él.
Poder llevar su trabajo a miles de personas, poder inspirar, llenar corazones, hacer reír y llorar y sentir... Poder lograr eso, era una sensación que no quería dejar pasar.
Estaba emocionado.
No lo creía posible. No desde que tenía memoria. Pero por una vez, la vida, el futuro, le tenían genuinamente emocionado.
Y allí pensó que quizás no todo estaría tan mal después de todo. Que las palabras de su terapeuta no eran mentira. Que en serio podía hacer las cosas. Que podía moverse.
Esa tarde, con la barba enmarañada y las greñas hasta la espalda, el hombre se sentó en su escritorio, tomó el teléfono y llamó a quien consideraba la mujer más importante de sus últimos años.
Debía admitirle algo que ennegrecía su corazón, y que sabía que ella necesitaba escuchar.
Apenas terminó de enviar el mensaje de voz, apenas colgó la llamada, se dio cuenta de que su vida cambiaría para siempre. Pero no de la forma en que lo estaba pensando cuando despertó ese mismo día.
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Cuerpos. Al menos un par de docenas de cuerpos reposaban a través de la arena de aquel inmensa playa. Algunos completamente inconscientes, otros que despertaban de a pocos, unos cuantos más que no lo iban a volver a hacer nunca. A su alrededor, los restos de una embarcación destruída hacían denotar que no venían de pasarla muy bien.
Se trataba de un escenario extenso iluminado por un sol ardiente, el mar se antojaba infinito y el nivel de su belleza llegaba a tal magnitud que era posible notar cada ligero cambio en los distintos tonos azulados de su agua cristalina.
El celeste pasaba a azul oscuro, el azul oscuro a uno más verdoso, y del verde sutil prosperaba una levísima transparencia. Si se veía desde arriba, aquel océano perfecto brillaba en cientos de docenas de tonalidades distintas, repitiéndose bajo patrones armoniosos de manchas gigantes.
Para bien o para mal, Renzo Vega, recién empleado de la reconocida productora CalistoM&T, hacía parte de aquellas bolsas de carne que yacían tiradas contra la arena, sin signos de vida particulares.
A todos los habían arrastrado las olas, producto de una catástrofe marina que, al menos para el hombre, carecía de cualquier lógica o explicación.
Y, quizás, para su desgracia, la "lógica" era un concepto que pronto estaría por perder todo su significado para él.