Capítulo 2: Camino a Aluvara

Libro I

Cuerpos. Como mínimo, varios pares de docenas de cuerpos reposaban a través de la arena de aquel inmensa playa. Algunos completamente inconscientes, otros que despertaban de a pocos, unos cuantos más que no lo iban a volver a hacer nunca. A su alrededor, los restos de una embarcación destruída hacían denotar que no venían de pasarla muy bien.

Se trataba de un escenario extenso iluminado por un sol ardiente, el mar se antojaba infinito y el nivel de su grandeza llegaba a tal magnitud que era posible ver cada ligero cambio en los distintos tonos azulados de su agua cristalina.

El celeste pasaba a azul oscuro, el azul oscuro a uno más verdoso, y del verde sutil prosperaba una levísima transparencia. Si se veía desde arriba, aquel abismo profundo brillaba en cientos de docenas de tonalidades distintas, repitiéndose bajo patrones armoniosos de manchas gigantescas.

No se lo esperaba para nada, pero por una vez, las olas marinas se sintieron calmas. La vergonzosa realidad es que, desde que era tan sólo un niño, Eloy siempre le tuvo miedo al océano.

Esta vez, sin embargo, saber que se hallaba cerca de aquel extenso piélago sólo podía significar una cosa: seguía vivo. No tenía idea de cómo, pero lo hacía.

Fue cuestión de pensar en esa serpiente gigantesca para que un escalofrío abundante le terminara de despertar por completo. La arena bajo sus brazos se sentía ardiente, pero el aire estaba fresco.

¿Cómo había llegado hasta allí? Descansando sobre esa playa brillante. Giró la cabeza a un lado, luego a otro. Junto al tumulto de cadáveres y desmayos, los trozos de madera pulverizados funcionaban como una decoración macabra. Las partes de navío que aún llegaban a tomar forma hacían cuestionar lo evidente.

¿Venía todo mundo de aquel barco? El muchacho paseó los dedos a través de su frente. Por alguna razón, a pesar de haber arribado desde el mar, ni él ni sus ropajes tenían un solo rastro de humedad.

Para su buena suerte, era demasiado torpe como para notar que mucha de la gente allí plasmada estaba muerta, y por tanto la mente entumecida del adolescente no pasó por el horror de comprender lo que en realidad se presenciaba a sus costados. En su lugar, su cabeza se desvió a otra cosa que le era de crucial importancia:

Levantó una mano, mirándose la piel. Y entonces se dio cuenta de que no estaba loco, realmente había ocurrido.

[IMG:https://ydtnlspcogwlvgsirkih.supabase.co/storage/v1/object/public/chapter-images/chapter-2/1775616676884.png]

Su cuerpo se había llenado de extraños tatuajes.

¿Pero cómo había sucedido algo así? Por supuesto, la explicación ya estaba mermándose en su cabeza desde que lo notó. Y quizás tenía razón.

—Magia...

Balbuceó para si mismo, sonriendo.

—Tengo magia... ¡JÉ!

Sólo podía tener esa explicación, ¿verdad? Ese demonio de ojos blancos lo había atacado, y a cambio, un destello de luz había brotado de su propio cuerpo. Un rato después, estaba en esa playa. Y todo, cuando hizo uso de...

Vaya. Un momento.

¿Cómo lo había hecho exactamente?

No recordaba cómo había logrado utilizar su recientemente adquirida y extremadamente épica magia. Tan sólo recordaba al borracho que corrió hacia él para intentar protegerlo del monstruo.

Ya que estamos, y a todas estas, no recordaba haberse subido a ningún buque para empezar, o siquiera haber salido de su casa esa mañana. Pero reflexionar toda esta info a él no lo sorprendía tanto. De hecho, lo emocionaba.

¿Aparecer de repente en un extraño sitio que no conoce? ¿Tener la capacidad de utilizar elementos mágicos gracias a dibujos raros en su brazo? ¡Por supuesto! Sólo podía significar una cosa:

—Lo sabía... Fuí isekaiseado.

Murmuró con el tono más neurodivergente posible, el pobre idiota. Pero claro, no había otra explicación posible. Estaba viviendo un isekai, como esos de los dibujitos chinos que tanto disfrutaba consumir. ¡Le parecía una maravilla! Un sueño hecho realidad.

¿Ser transportado a un increíble mundo de fantasía medieval? ¿Volverse el protagonista de una historia milenaria? ¿El héroe que todo niño siempre deseó ser? No creía que existiera algo más épico. Su sonrisa boba mientras se observaba la piel llegaba a ser hasta hipnótica por las peores razones. Cualquiera que lo viera pensaría que mínimo algún nivel de retraso tendría.

[IMG:https://ydtnlspcogwlvgsirkih.supabase.co/storage/v1/object/public/chapter-images/chapter-2/1775616702987.png]

Sin embargo... Esa magia. ¿Sí la había invocado él? Aún no estaba seguro de cómo había logrado hacer lo que sea que hizo. Pero en su cabeza aún rondaba vívida la sensación de su propio cuerpo cuando la cúpula de energía brotó de su pecho.

Se sentó alli mismo, partículas de arena cayeron de su camisa. Se rascó la cabeza. Eloy era un joven escuálido y de apariencia plana, la clase de muchacho que se sienta atrás en el salón de clases y al que nadie recuerda después del día de graduación.

Su cabello era alocado, ni corto ni largo y con puntas de puercoespín, hallar una manera de peinarlo apropiadamente parecía imposible. Y sus gafas, cuadradas como ellas solas, hacían que la gente se burlara con constancia de lo mucho que lo hacían parecerse al emoji nerd del teclado.

Alguien como él, un pubertillo medio-medio y que además le daba miedo hasta alzar la voz, destacaba de inmediato en una situación como esta cuando tomamos en cuenta que, de cuello a pantorillas, estaba repleto con dibujos de glifos negros. Tatuajes que no se había puesto nunca, o que no recordaba haberse puesto nunca.

Se dio cuenta con especial velocidad de lo mucho que llamaba la atención cuando la gente que se levantaba alrededor comenzaba a verlo fijamente. Sintió de inmediato cómo su garganta se cerraba. Ya no solo por el hecho de que no soportaba los ojos ajenos, sino también porque entre ese montoncito de supervivientes, no habían solamente personas de apariencia normal.

Entre quienes despertaban, también podían divisarse extraños seres humanoides de enormes cuerpos; piernas largas y finas, igual que sus brazos. Pieles de apariencia dura y suave color azulado. Cabelleras prolongadas que, si se les ponía atención, casi parecían flotar en el aire.

Intentó ignorar las miradas, buscando con las pupilas un sitio al que correr a esconderse cuanto antes. En vez de lograr su cometido, sin embargo, se vio interrumpido por un sonido bruto, grave y alargado. Se parecía al rugir de un monstruo temible.

¿Era acaso otra serpiente gigante? ¿Otra criatura maligna dispuesta a zampárselo de un bocado? No... Era otra cosa, una más cruda, incluso más salvaje: los ronquidos de un estúpido.

[IMG:https://ydtnlspcogwlvgsirkih.supabase.co/storage/v1/object/public/chapter-images/chapter-2/1775616747098.png]

A su lado notó, también tirado, el cuerpo de un hombre con pintas de Jesucristo y ropajes de vagabundo. Dormía como un bebé y roncaba como un volcán. Lo más destacable de su persona eran el par de ridículas pantuflas de conejo que tenía puestas en los pies.

Eloy aún no lo sabía, pero el nombre de aquel defenestrado caballero era Renzo Vega. El sujeto loco que había corrido a abrazarlo cuando la bestia atacó. Una vez verlo, le reconoció de inmediato, no sólo por la apariencia sino también por el aliento a alcohol.

Por norma general, el chico no le habría dirigido ni la mirada. Interactuar, a secas, era algo que no le agradaba hacer con nadie que no fueran sus amigos de Discord. Hay que admitir que llevaba una vida bastante patética.

Sin embargo aquel vagabundo le había, como mínimo, intentado salvar de una situación horrible. Asumió que lo menos que le debía era intentar despertarlo.

—¿Señor?

Habló con un tono bajo, y no llamándolo "señor" por su parecido al primogénito del espíritu santo, sino porque directamente era un señor. Bastante demacrado, además.

—Eh... Señor.

A cambio, recibió otro ronquido.

—Disculpe.

La voz de Eloy era baja y tímida, y en ocasiones fácilmente ignorable debido al hecho de que no sabía vocalizar muy bien.

—¿Disculpe?

Pero no disculpó. El ronquido de Vega resonaba como un taladro.

—¡DISCULPE!

Exclamó finalmente, en un tono altísimo que le salió sin querer. El adolescente tampoco era precisamente bueno modulando su voz.

—¿Hm? —expulsó finalmente el hombre, medio-dormido.

—¿Está bi...?

Otro ronquido interrumpió al jóven antes de que pudiera terminar su frase.

—Carajo.

Daba igual, lo había intentado. Eloy se levantó, preparado para salir de allí. Sin embargo, en un último vistazo al desmayado, notó algo particular. El costado de su cuello...

¿Era coincidencia? Debía serlo. Pero qué coincidencia más rara. ¿Debería preguntarle al respecto?

Quizás era demasiado raro que, tal como el muchacho, aquel hombre extraño tuviera tatuado un glifo en su piel. Se ubicaba cerca del área de la nuca, era grueso y su brilloso tinte negruzco lo hacía especialmente llamativo.

Eloy se acarició la poca barbilla que tenía. Pegó un suspiro, entonces decidió volver a intentar. Se preparó para hablarle, pero antes de conseguirlo... Escuchó algo que no esperaba. Una voz gruesa, casi de ultratumba, resonó desde su espaldar.

—¡Oe, alnea! ¿Ti se un serven?

Exclamó en un dialecto inentendible. Y mientras tanto, frente a donde se hallaba parado el gafudo, una sombra gigantesca se había formado contra la arena. Eloy tragó saliva. Giró la cabeza lentamente. Entonces se congeló.

[IMG:https://ydtnlspcogwlvgsirkih.supabase.co/storage/v1/object/public/chapter-images/chapter-2/1775616778749.png]

Quien le hablaba era uno de aquellos sujetos de piel azulada. Teniéndolos cerca, se veían incluso más altos de lo que parecían descansando sobre la arena. Desde su perspectiva, fácilmente le ponía unos 4 metros, o hasta más.

Este iba vestido diferente. Los demás, que tampoco eran tantos, llevaban trastes extrañamente modernos. Ropa cómoda, del día a día, incluso bizarra de ver en gente con apariencia tan monstruosa.

El que le hablaba, no. Vestía una ruana ancha de color negro, cuyos flecos de lana pura colgaban contra el viento, mostrando decoraciones en forma de estrella bajo sus puntas.

El rostro del gigante tenía facciones gruesas y exageradas con una nariz enorme, guardaba cierto parecido a un moai. Sobre su frente una sombra negra le tapaba el rostro, causada por un pequeño sombrero de tono oscuro y pliegues planos que le descansaba encima.

—Ti havera taren velthar ari se un serven... ¿Ti era parta del navera?

Y habló otra vez. Eloy no sabía cómo responder. Ya no sólo por el lenguaje extranjero en el que se comunicaba, sino también gracias al hecho de que, de por si, el chico no tenía idea de cómo comunicarse con desconocidos. O con conocidos, ya que estamos.

Su cuerpo, entre el miedo por socializar y el miedo por interactuar con un monstruo parlante, no hizo otra cosa más que congelarse.

—¿Ivel pasa? ¿Ti se nolar? ¿Ti non parla solmira? —Se inclinó un poco hacia el chico, ya se le notaba un poco molesto —. Resvara mel, alnea. Ei davera vela. ¡Varen monel! ¡Varen!

Con esas últimas palabras, el hombre volvió a erguirse en su sitio, mientras estiraba sus enormes brazos a ambos lados con un movimiento brusco. El gafudo se encogió un poco, aterrorizado ante la idea de que lo fuera a secuestrar.

Pero el grandullón no parecía querer hacer eso ni mucho menos. Como mínimo, no por el momento. Estaba más bien haciendo malabares, charadas. Extendiendo y abrazando el aire con los brazos, como haciéndole entender que había algo muy grande en juego.

—¡Monel, vurka! —gritó a medias, fastidiado por el claro miedo del chico —. ¡Mo-ne-el! Bah... Ei vera sei ei havera...

Hizo un gesto con la mano, como de fastidio, antes de empezar a rebuscar en su vestimenta. A través de la ruana descansaban varias bolsas de tela donde se ocultaban toda clase de artefactos. Entre estos, el hombre sacó un orbe de piedra lisa con un jeroglífico tallado en su superficie.

Sin decir nada, y sin explicación alguna, lamió el objeto. Su áspera lengua morada tan sólo le pasó encima durante medio segundo, pero fue suficiente para que Eloy hiciera una mueca de confusión.

No contento con lo bizarro de la acción, algo incluso más raro ocurrió. Una línea en verde neón se dibujó a través de todo el centro de la pelota. Y de la nada, esta se abrió en dos, con su mitad superior flotando en el aire, mientras la inferior se mantenía en la palma del pielazul.

Adentro del aparato, amarrados con ligas, eran visibles al menos cinco fajos de billetes en forma de tubos. Billetes, como a los que cualquier persona normal estaría acostumbrada. El gafudo, que acababa de ver cosas mucho más raras, no pudo evitar arqueear una ceja.

[IMG:https://ydtnlspcogwlvgsirkih.supabase.co/storage/v1/object/public/chapter-images/chapter-2/1775616822508.png]

—¡Monel! —repitió otra vez el asombrerado, mientras tomaba uno de los fajos y se lo enseñaba —. ¡Varen monel, naro! ¡Varen monel!

Parecía... ¿Querer venderle algo? El chico aún no tenía idea de qué decir, pero le daba miedo la posibilidad de que se pusiera violento si seguía sin responderle nada. Tartamudeando y con un gallo crudo saliéndole de la garganta, se dignó a dirigir palabra.

—L-lo siento. Yo no... Tu idioma. ¿Inglés? No sé... Eh... No lo hablo.

El pielazul se le quedó mirando, confuso. Quizás notó la debilidad en su hablar. Se veía por el cambio en su expresión, que antes parecía hasta emocionada, pero ahora se le notaba incluso decepcionado. Suspiró, y sin mediar palabra, agarró al muchacho de un brazo.

—¡Hey! ¡HEY!

Eloy gritó, con la voz aún temblorosa. Se intentó zafar. Fue imposible. La fuerza bruta del contrario resultaba de lo más pura. Sólo pudo quedarse viendo en lo que este... ¿Le miraba más de cerca?

El estrafalario vendedor no hizo más que quedársele observando la piel, como midiéndole los tatuajes con la mirada. Su expresión cambió una vez más; en esta ocasión, una sonrisa le inundó el rostro. Soltó al chico y se preparó a hablar otra vez. O, al menos, eso parecía.

Sin embargo, antes de que otro sonido más pudiera salir de su boca, se vio interrumpido de repente por otra voz más. Femenina.

—Ena, tareno —exclamó, a lo lejos, una mujer —. Lora alnea ari selen.

Eloy aún no miró hacia atrás, sólo pudo limitarse a sentir un escalofrío. Acompañado, además, por el cambio de porte del tipo que le hablaba, cuya sonrisa maliciosa se había borrado de inmediato, y había cambiado por una expresión de nervios.

—Oh, zunel —Y por cómo el gigante dijo eso, Eloy sólo pudo asumir que se trataba de una palabra vulgar —. Oe, narel. Con selen, ¿va? Nira parla ari negora, rien masel.

Aquello último lo exclamó en un tono más sosegado, como intentando calmar a quien estaba hablando además de él. Pero el silencio que siguió a sus palabras habló por si solo.

En una duna cercana, con los brazos cruzados, una mujer de piel canela y cabellos verdes como el bosque se mantenía observando la situación.

[IMG:https://ydtnlspcogwlvgsirkih.supabase.co/storage/v1/object/public/chapter-images/chapter-2/1775616887161.png]

Detrás de ella se alzaba un vehículo mediano y de aspecto curveado, con aires a motocicleta espacial. Grandes ruedas translúcidas que brillaban en dorado neón eran visibles bajo este, escarcha del mismo color brillante brotaba de ellas, pero se desvanecía en el aire.

Los ojos de la dama, que antaño se mostraban de una envidiable tonalidad miel, comenzaron a cambiar de color lentamente, volviéndose un rojo intenso.

—¡Va, va! ¡Ei fareva, vurka! —gritó finalmente el gigante, elevando las manos, rindiéndose —. Ei non voren... Ei non voren rien.

Exclamó eso último con un tono suave, de decepción, mientras dedicaba una última mirada al gafudo. Girándose, murmuró para si mismo unas últimas palabras.

—Solvaren varka...

Eloy no lo vio, pero lo escuchó. Tras de él, un rugido brutal hizo que su piel se erizara. Y este no era ninguna tontería como los ronquidos de Vega. Parecía el canto de un leon. El pielazul pegó un salto y volvió a girarse ahí mismo.

—¡I-iiiih! ¡Rien! ¡Ei non dira rien, JEJE!

Exclamó con un tono hasta agudo, con el cuerpo tembloroso y pegando ambas palmas en forma de rezo. Su sonrisa nerviosa causaba hasta gracia, el tipo se había cagado completamente.

Tragando saliva, asintió hacia la mujer, se giró por completo y comenzó a correr lejos, en puntitas y con los hombros hacia arriba, como si estuviera andando sobre vidrio. No transcurrió demasiado tiempo antes de que se perdiera en el horizonte.

—¿Qué mierda...?

Eloy finalmente exclamó, entre un suspiro de confusión. Aún le daba miedo voltear a ver lo que sea que hubiese espantado a ese ogro, pero para su suerte o desgracia, ni siquiera iba a ser necesario. La voz femenina volvió a hablar, esta vez mucho más cerca de él. Para ser precisos, justo sobre su hombro.

—Eres nuevo.

—¡AH!

El chico pegó un saltito, girando en el acto, finalmente observando de cerca a aquel mujer de rizos florales. Inmediatamente se vio paralizado por su mirada. A pesar de lo dulce de aquel color miel, sus pupilas finas y de forma puntiaguda le hacían parecer como si tuviera los ojos de un animal. Ella, que parecía acostumbrada a que la miraran con miedo, únicamente le dedicó una sonrisa calma.

Ella miró al resto de la playa. Poco a poco, varias personas más iban levantándose de su letargo. Luego observó al barbudo que aún roncaba como idiota justo debajo de ellos, y finalmente regresó a Eloy.

—¿Tú causaste esto?

El chico no supo qué responderle. Carraspeó un poco antes de pretender soltar un "eso creo", pero de su garganta no brotó ningún sonido. Ante aquel evidente falta de etiqueta social, la mujer sólo pudo limitarse a cruzarse de brazos.

—No hablas mucho.

Eloy sonrió como tonto, nervioso, en esencia dándole la razón.

—Con que sepas mover la cabecita me basta. ¿Este de aquí viene contigo? —Señaló al vagabundo que dormía plácidamente en el suelo.

El muchacho lo pensó un poco. Quien quiera que fuera ella, le había quitado de encima a un gigante con pintas de acosador. No sólo hablaba su idioma sino que además se le veía mínimamente amable. ¿Quizás quería ayudar?

Asintió con la cabeza. A la larga, el sujeto en el suelo no solamente había intentado salvarlo de una mala pasada, sino que además tenía un tatuaje igual que los que él llevaba entre sus brazos. Debía preguntarle al respecto cuanto antes.

«Aunque... Ella parece nativa de aquí. ¿Tal vez me pueda guiar?», pensó. Pero quizás no tendría idea de lo que pasaba. Al fin y al cabo, a este punto era evidente que había sido transportado a otro mundo. Las reglas para él, el protagonista, seguramente serían distintas que para una persona normal de por aquí. Aquel borrachín en la arena parecía humano, como él; seguramente tenía más información.

Pobre pendejo.

—Wuoookay —exclamó ella, ante la respuesta positiva del muchacho, mientras se agachaba allí mismo —. Andando, entonces.

Y, sin mediar mayor palabra, el color de sus ojos comenzó a cambiar una vez más a ese rojo brillante que había espantado al pielazul. Su brazo, antes fino y de apariencia suave, empezó no sólo a crecer en tamaño sino también en densidad de cabello.

La boca del chico se abrió allí mismo y no pudo evitar tapársela no sólo para no gritar, sino también para no verse grosero. Más pronto que tarde la extremidad de la mujer tomó una apariencia enorme y peluda, como la de una gran bestia, mientras que el resto de su cuerpo se mantuvo igual de fino.

[IMG:https://ydtnlspcogwlvgsirkih.supabase.co/storage/v1/object/public/chapter-images/chapter-2/1775616920473.png]

Agarró al dormilón allí mismo, con el sólo uso de sus dedos garrudos, y comenzó a movilizarse de regreso a aquel montañita de arena de la que había aparecido. No se repitió, ya le había pedido al escuálido puberto que se moviera junto a ella.

Algo arrepentido por su decisión, Eloy se cuestionó seriamente la posibilidad de salir corriendo hacia la dirección contraria. Pero ya había metido también en el lío a aquel prolífero roncador profesional, y sería un poco de mierdoso el simplemente dejar que se lo llevaran para comérselo por su culpa.

Además, en la dirección contraria estaba el océano. Se acabaría ahogando.

Bueno... No se lo iban a comer, ¿verdad? No podía ser. Ante todo, la dama resultaba lo suficientemente amigable. O quizás era una treta y actuaba como buena gente con la precisa idea de llevarlo a su cueva y hacerlo estofado.

Quizás, no lo había salvado de una situación incómoda, sino que planeaba colocarlo en una situación incómoda. La incómoda situación de la literal muerte. ¡Ah, que trágico! ¡La invaluable aventura de Eloy Braisson, terminada apenas iniciar y todo a causa de un engaño!

¿Debía intentar usar sus poderes otra vez? ¿Finalmente hacer realidad todos los movimientos de acción que había aprendido en tantos años de luchar contra enemigos imaginarios en la ducha? Sí, Eloy, ¡sí! El momento de ser el gran héroe estaba frente a sus ojos. El momento...

—Caminas lento —La fuerte voz de la mujer interrumpió sus ideas bobas en un santiamén.

—¡A-aah! ¡Perdón!

Ignorando todo instinto de supervivencia, el muchacho trotó hacia ella, que ya se había alejado algunos metros.

Desde donde había llegado la peliverde, grandes cúpulas de arena se amontonaban unas contra otras, creando largas dunas parecidas a las de un desierto. Las decoraban caracolas y piedras marinas, creando una sensación tropical que poco tenía que ver con un baldío arisco.

Aquel motocicleta extraña, que parecía tallada en roca, tenía adherido a su chasis un gran gancho, como si se tratase de una grúa en miniatura. A ella se unían varias cadenas que simultáneamente conectaban con grandes cajas metálicas. La chica venía preparada; a saber para qué cosa exactamente, pero lo hacía.

Resguardó a Renzo en uno de los contenedores, sus paredes eran alargadas y se les veía resistentes, lo suficiente para mantener adentro cualquier carga sin que fuera a salir volando.

—¿Vienes conmigo o te subes atrás?

Preguntó la morena, cuyo brazo comenzó a regresar a la normalidad una vez cumplió su cometido. Saltó a su vehículo justo después, tomó las manijas sin decir mucho, entonces dedicó una mirada al adolescente.

Eloy, que nunca había interactuado por más de 5 minutos con ninguna mujer que no fuera su propia madre, y que de paso seguía aterrorizado por la idea de que esta fuera a cortarlo en pedacitos, se cuestionó durante un segundo la posibilidad de ir de copiloto.

¿Era esta su oportunidad para sentir el tacto de una hembra? ¿Sería su primer adición a lo que solamente podía significar un creciente harén? ¡Por supuesto! Debía ser eso, es lo que había visto en tantos animes y leído en tantos mangas. El protagonista siempre resultaba con un creciente número de enamoradas. ¡Que dicha!

—Voy... Gracias. Voy con él. Para que no se caiga. Por si acaso se cae. Gracias.

Para empezar era una mujer adulta, Eloy, bribón sin remedio. Se dio cuenta inmediatamente de lo poco ético que sonaba que alguien de su edad siquiera intentase hacer una jugada como esa. La mujer o lo mataría o le aceptaría el ligue, y ambas opciones sonaban terribles por distintos motivos.

Además, el sólo pensar en acercársele tanto a una fémina casi lo hace orinarse encima del absoluto pavor. Definitivamente, un chico lleno de sabiduría. ¡Aléjate lo más que puedas de ellas, Eloy! ¡Que susto!

La peliverde se encogió de hombros y aceptó lo que le decían sin rechistar. Mientras el gafudo se encaminaba hacia el mismo cajón donde seguía soñando el vagabundo apestoso, notó cómo la mujer se subía los lentes que tenía colgados en el cuello.

—¡Sujétate bien!

Adentro del cubículo había una banca metálica, seguramente para pasajeros, en la cual fue fácil acomodarse. El muchacho se sorprendió ante el raro funcionar de los taxis en este mundo. ¿O quizás era un bus?

No tuvo demasiado tiempo a pensarlo. Su salvadora arrancó allí mismo, aunque el vehículo no provocó ningún tipo de ruido mecánico. Después de todo, no contaba con un motor que realizara esa clase de actos.

El asiento vibró con fuerza, pegó un saltito con el giro que la fémina realizó a través de la arena. La nube de polvo amarillento salió disparada de los costados de cada contenedor que se arrastraba contra el suelo.

Eloy se agarró de los bordes, ansioso; sintió como si fuera a salir volando en cualquier momento. Sus preocupaciones desaparecieron momentáneamente cuando miró al frente, hacia el artefacto que lo llevaba enganchado, y notó de cerca lo hipnótico de su accionar.

Las dos ruedas luminosas giraban sobre si mismas, escarcha fantasmal se desvanecía junto al viento tras de ellas, dejando un haz de luz que les seguía desde cerca. ¿Qué clase de mecanismo era? ¿Él podría hacer algo así si usaba su propia magia?

Cada vez que sentía miedo ante las rarezas que se presentaban frente a él, su cabeza se desviaba en cuestión de segundos hacia lo emocionante de su caso. Estaba viviendo de primera mano una de esas historias que siempre había visto tras la pantalla.

A lo lejos de ese extenso ambiente entre árido y tropical, comenzaban por primera vez a notarse rastros de civilización. Una serie de vallas de roca arenosa daban la bienvenida a lo que se veía como un camino entre el dunado, que a su vez conectaba con una suerte de pueblo.

Contra el aluminado cielo, graznidos duros ecaron como trompetas. El adolescente abrió los ojos de par en par al notar lo que podía verse entre las nubes.

[IMG:https://ydtnlspcogwlvgsirkih.supabase.co/storage/v1/object/public/chapter-images/chapter-2/1775616969224.png]

Aves gigantes, parecidas a buitres, sobrevolaban la zona a velocidad vasta. Llevaban arreos en los picos, cuyas correas extensas se veían guiadas por nada más y nada menos que pielazules como esos que ya se habían visto varias veces antes.

No sabía detectar con exactitud el tamaño de las bestias voladoras. Desde su perspectiva, casi parecían como avionetas de carne y hueso. Su plumaje oscurecido contrastaba contra el cielo azul y contra sus grandes jinetes, que parecían demasiado ocupados en su vuelo como para prestar atención al mundo de abajo.

Más hacia el frente, una vez el vehículo abandonó lo más recóndito del bioma, Eloy intentó echar ojo a cada detalle del pueblito al que estaban por entrar. Se le notaba extrañamente moderno, sin realmente llegar al nivel de una ciudad contemporánea, pero tampoco al punto de sentirse medievo.

Tenía más bien una vibra colonial, en el medio de los dos espacios. Las edificaciones, aunque pequeñas, demostraban una arquitectura suave con sus paredes blancas y los potentes colores pastel que decoraban sus puertas y los bordes de sus ventanas. Amarillos, azules y rojos suaves. Adornos festivos que enriquecían su sensación relajada.

Las palmeras largas cuyas hojas ondeaban con el viento hacían contraste ideal con las ornamentas curvas y las estructuras calmas de los pequeños edificios, que se cernían sobre un robusto suelo de piedra. Más allá del pueblo, que había que admitir que parecía bastante extenso, eran visibles los primeros rastros de la selva tropical.

Una vez adentro, a través de la calle ya eran visibles toda clase de criaturas y personas que el muchacho no tuvo oportunidad a observar con mucho detalle a causa de la enorme cantidad de información entrándole a la cabeza.

Gente tan pequeña como sus zapatos y tan cabezona como gatos bebé, de narices grandotas y alocados cabellos blancos. Carruajes finos que eran conducidos por criaturas parecidas a tapires gigantes con cuerpos de caballo. Pielazules y humanos jugando al tejo fuera de bares decorados con esa blanda tonalidad pastel.

Si prestaba atención a algunos insectos volando en el aire, hasta podía notar que de "insecto" no tenían nada. Se trataba de enanas criaturas rechonchas que volaban agarradas a nubes miniaturas, recolectando agua de las plantas con baldes tan chiquitos como sus cuerpos.

Y a través de los caminos lisos que cruzaban el suelo de piedra, de vez en cuando oía gritos amistosos en ese lenguaje extranjero con el que ya le habían bombardeado un par de veces antes. Eran personas de las mismas características de su conductora: piel de un oscuro suavizado, ojos amarillentos y crines verdes.

No habían sido muchos, como máximo dos o tres. Pero llamaban la atención de forma indudable. ¿Qué tanto tenía este sitio para ofrecerle? El puberto estaba entusiasmado, aunque tras bambalinas aún le llegaban toda clase de preocupaciones. Era difícil hacer que su cerebro se callara.

[IMG:https://ydtnlspcogwlvgsirkih.supabase.co/storage/v1/object/public/chapter-images/chapter-2/1775617031596.png]

—Llegamos.

Exclamó ella, antes de que el chico tuviera tiempo a pensar más cosas. Con un segundo vistazo a su entorno se dio cuenta de inmediato que no había llegado a ver ni el 1% de todo lo que convivía alrededor suyo. En cierto punto llegaba a ser hasta abrumador.

Un escalofrío le recorrió el cuerpo cuando vio ese brazo gigante una vez más, tomando a Vega como si fuera un peluche y llevándoselo al hombro en un santiamén. Para cuando lo notó, la mujer estaba entrando al establecimiento frente al que habían parqueado.

Sobre la entrada del hostal, el nombre "Nautilo" podía verse escrito en una letra tosca. A pesar de lo poco profesional de la presentación, el edificio resultaba indudablemente hogareño. Más que una posada parecía una casa, incluso teniendo un techo de paja, distinto a los ladrillos triangulares que decoraban el resto del vecindario.

El blanco de las paredes una vez dentro resultaba calmante, su tono no era chillón ni molestaba a la vista. Mientras que el exterior de los edificios en ese lugar estaba repleto de colores, aquí mandaba más bien una paleta minimalista.

Si era un hotel ultramalvado de monstruos come-humanos, parecía disimularse lo suficientemente bien. Eloy siguió de cerca a la dama, sin saber realmente qué más hacer. Era un sitio relativamente grande, con varias habitaciones y hasta segundo piso. Renzo fue puesto en el primer cuarto, el más cercano a recepción.

Lleno de curiosidad, al muchacho le entraron unas ganas irreparables de preguntarle a la mujer si era dueña del negocio. Pero en lugar de pronunciar palabra, su garganta se congeló. Pensó en que sonaría tonto, o molesto. ¿Para qué preguntar una estupidez? ¿Qué iba a aportar de todas formas? Para empezar la respuesta era obvia.

A ella no parecía importarle el silencio, mas el chico sentía todo lo contrario. ¿Estaba siendo incómodo? ¿Debía verse más confiado? ¿Le temblaba mucho la voz al hablar? ¿Qué pensaría ella de él? ¿Le estaba cayendo mal? ¿Su cara le parecía extraña? ¿Su pelo se veía feo?

Sentía sus neuronas ir a mil por hora. No entendía por qué, pero su cabeza siempre le hacía este tipo de malas jugadas. Ideas sobre ideas que se le apilaban encima y le hacían imposible sentir silencio. Los únicos momentos donde estaba en quietud es cuando no había nadie alrededor.

Quizás fue esa misma sucesión de pensamientos la que causó que ignorara por completo las palabras de la mujer, la cual le chasqueó los dedos un par de veces, llamándole la atención. Eloy subió la mirada.

—¿Me oíste?

—¿Eh? Ah... Esto...

—No me oíste.

—Perdón.

—Eres un niño extraño —La peliverde bufó una risa suave allí mismo —. Habitación, chico. Escoge una. No tienes donde quedarte, ¿verdad?

—No... O sea, n-no tengo. ¿Creo?

—¿Crees? —Arqueó una ceja.

—¡Ah! Perdón. No. Quise decir no, no tengo. Gracias. Permiso.

Y con eso, escapó. Exploró durante un buen rato los interiores de la posada. Los pasillos contaban con cuadros coloridos y floreros artesanales, las habitaciones se mostraban frescas y espaciosas. En general, el establecimiento tenía un clima distinto al exterior. Mucho menos bochornoso, bastante más agradable sin llegar a ser frío. Era la temperatura perfecta.

Afuera, en el área de descanso, palmeras y plantas tropicales decoraban una piscina natural construída entre la arena, justo al lado de una buena porción de playa. ¿Cómo es que se veía tan limpia? El agua era celeste y se parecía a una pileta con cloro, pero aquello no podía ser, no existían sistemas de filtración ni aparatos externos.

No tenía un restaurante como tal, pero sí un área de comedero con varias mesas de madera fina y sillas cómodas. La cocina era accesible para cualquiera. Y aún con todas esas, el sitio estaba vacío. No veía rastros de otros huéspedes o incluso trabajadores.

Tras echar un largo vistazo, Eloy se decidió por una habitación de arriba. Bajó con la mujer, que esperaba tras recepción, e intentando armarse de valor para decir una frase completa sin tartamudear, habló.

—Me gustó una de arriba.

—Una de arriba será. ¿Viste el número de la que te llamó la atención?

—... M-me gustó una de arriba.

—Te daré la más bonita.

Dicho y hecho, la llave de la habitación 22 se coló en la palma del joven, que guardó el objeto en su bolsillo, junto a su celular.

¡Ajá! ¡Su celular!

En efecto, acababa de recordar que llevaba su celular. ¿Quizás podría usarlo luego para comerciar? Dudaba que pudiera agarrar señal en este mundo, por lo que le era inútil. Un objeto único y nunca antes visto como ese... A alguien debía interesarle.

Sea como fuere, su aventura iniciaba allí mismo. Una agradable mujer monstruo le había dado hogar y un misterioso vagabundo errante contaba con la misma particularidad que él, ¿serían miembros de su futura facción? Tuvo suerte de conocer a gente tan amable y dispuesta a ayudar. ¡Con su apoyo, se volvería el más poderoso de todos!

—¡Bien! —La dama interrumpió sus pensamientos —. Una habitación para ti y una para tu amigo. Además, el paseo de la playa hasta aquí. Eso serían unos... Hm, diez mil en total. Asumiendo que sólo piensen quedarse una noche, claro.

Oh. Eloy sólo pudo limitarse a toser. ¿Le estaba cobrando? Sonaba a que le estaba cobrando.

—Tienes como pagar, ¿no?

—Eh... B-bueno... Ah... Yo...

—Oh. Vaya por Dios. Chico, lo siento pero si no tienes cómo pagar...

La peliverde hizo un silencio, cabeceó hacia la salida.

—¡N-no! ¡Espera! Eh... Un... Súper artefacto... Esto... Tengo un...

¿Qué estaba pensando? Por supuesto que no iban a ayudarlo así como así. La mujer ya había sido lo suficientemente decente como para sacarle a ese raro estafador de encima y traerlo hasta allí.

No le gustaba tener que hacer esto tan temprano, pero tampoco había de otra. Era el momento perfecto para probar sus capacidades de trueque. Si estaba por ser el mayor héroe de ese mundo, esto sería pan comido.

Con un movimiento hasta orgulloso y una sonrisa incómoda de falsísima confianza, Eloy colocó el teléfono sobre la barra de recepción, ergiendo la espalda.

—Esto... Debería valer suficiente... ¡Y h-hasta más!

Así es, Eloy, ¡hasta más! Especialmente con esta economía, los teléfonos están carísimos. Sí o sí la bizarra tecnología de otro mundo sería suficiente para llamar la atención y acomodar su estadía.

La fémina arqueó una ceja, se inclinó allí mismo y miró el aparato. Sin decirle nada, lo agarró entre sus dedos y lo giró de un lado a otro. Luego apretó el botón de encendido, activando la pantalla.

—¿Un celular? —dijo ella, como si nada —. Y además no está ni al 60 de batería.

—¿Cómo?

—Con suerte, algún chatarrero medio lento podría darte máximo 200 por esto, niño. Aunque he oído de coleccionistas humanos que llegan a pagar hasta 5000... Pero nah, no me valdría la pena.

La mujer lo colocó de regreso sobre la madera. Eloy quedó en un estado de shock puro. ¿Había escuchado bien? No, no podía ser. ¿Sabía lo que era? ¿Y había un mercado por esto? ¿Coleccionistas humanos? ¿Qué significaba todo eso? No, no, no. Había un error.

—Pero... Es un... Eh... Es una tecnología especial que--

—Chico. Te das cuenta de que en este mundo ni siquiera existe la señal, ¿verdad? No puedes ni hacer llamadas. Los teléfonos humanos son chatarra por estos lares. No tienen uso.

—¿Tele-- los... los teléfonos?

—Yo te recomendaría quedártelo si tienes recuerdos bonitos de tu hogar guardados ahí. No vale la pena intentar vendérselo a nadie.

No. No estaba escuchando mal. Ya no solo eso, la mujer parecía saber demasiado al respecto. Como si esto fuera una ocurrencia usual, como si todos los días interactuara con gente como él.

—¿A dónde mierda se había venido a meter?

—Si tienes dinero de tu mundo por ahí escondido, tampoco te molestes, aquí vale lo mismo que la basura —Agregó sal a la herida, y entonces continuó —. Asumo con esto que no tienes nada con lo que pagarme, ¿verdad?

En esta ocasión, el silencio que le siguió no fue interrumpido por la hotelera. Permitió que el muchacho pensara en su caso durante el suficiente tiempo como para llegar a la conclusión obvia.

—No... Pues... N-no —tartamudeó él, rendido. ¿De verdad le estaba pasando esto?

—Es una lástima.

Pero en la mujer se dibujó una sonrisa hasta pícara, y la manera en la que entonó esas palabras no demostró ningún tipo de pena. Casi parecía que estuviera esperando esa exacta misma respuesta.

—En ese caso me debes una deuda, cachorro. Si no van a dormir aquí, al menos faltaría el dinero por haberlos traído en mi escarchadora. Y ese servicio no es barato.

Eloy no supo qué responder, estaba anonadado. ¿Debía una deuda? ¿En qué se había metido? ¿10 mil era mucho o poco? ¿TENÍA UN VALOR PARECIDO AL DE LOS DÓLARES? ¿O al del peso colombiano? ¿O al argentino, o al chileno? Para empezar, ¿10 mil qué? ¿Cómo iba a pagarlo? ¿Cómo iba a conseguir el dinero? Abrió la boca para intentar preguntar, pero no brotó nada de él.

—No te preocupes. Solamente tienes que trabajar para mí hasta saldar cuentas —Se encogió de hombros —. No soy de meter a la gente en problemas.

Ah... Trabajar a cambio. Claro, ¡claro!

El chico suspiró, aliviado. No podía ser tan difícil, ¿verdad? Y, de nuevo, la peliverde resultaba lo suficientemente amistosa como para inferirse una jefa agradable. Trabajaría un par de días o semanas, aprendería de este mundo, e iniciaría su aventura.

Quizás muchas cosas le acababan de tomar por sorpresa para mal. Pero no había llegado allí simplemente porque sí. Debía tener un propósito. Una razón por la que le habían sacado de su miserable vida y le habían llevado a un mundo lleno de magia como este. Todo conectaba.

No podía ser tan mala situación. De hecho, la posibilidad de que hubiera otra gente como él, incluso le hacía pensar que entender la cultura de este lugar iba a resultar más fácil. Así es, joven amigo, ¡así es! ¡Sobrepensaste las cosas una vez más! Pero no temas, no hay nada de malo en todo esto. Solamente necesitaba respirar.

—G-gracias... Lo siento. Intentaré saldarla.

—Así se habla, hombre. ¿Cómo te llamas?

—Eloy. Eh... Eloy Braisson.

—Eloy. Es un gusto —La mujer le ofreció la mano para estrechársela —. Mi nombre es Lira. Seré tu jefa durante los próximos 10 años. ¡Espero que nos llevemos bien!

—... ¿Ah?

Vaya.

Eloy estaba jodido.