Capítulo 1: Prólogo

Libro I

«Creo que no he amado a nadie nunca en toda mi vida».

Tenía una voz semi-ronca, algo cansada. Grave. Resonó contra el micrófono del celular con un tono pesado. Su silueta, encorvada, yacía sobre una silla vieja que rechinaba en la esquina más lúgubre del dormitorio.

Era un hombre alto, pero la posición le hacía ver chico, atrapado entre la vaga sombra de su propio ser. Afuera, irónicamente, hacía un día cristalino. La luz del sol era cegadora y el celeste del cielo contrastaba con lo pálido de su escenario.

«Quiero decir... Sí, he tenido parejas. He tenido amigos y obvio, familia. Pero cada vez que miro atrás, me entra al pecho una sensación de vacío enorme. Terrorífica, incluso. Es como si le faltara algo muy específico a mi vida, algo que no me ha dejado disfrutarla por completo. Y nunca supe exactamente qué se suponía que fuera ese "algo", simplemente sabía que no estaba allí. Pero creo que ya lo voy entendiendo».

Los pelambres lúgubres de su largo cabello le taponaban la vista, envolviéndolo como un manto de algas negras. El brillo solar, que desde afuera se sentía hasta bochornoso, no lograba llegar del todo a su escritorio debido a las manchas de humedad en la ventana.

Por su parte, los gruesos vellos de su barba estaban enmarañados y se sentían incluso laberínticos, formas sobre formas de pelo desabrido que le rellenaban el rostro como una máscara mal parcheada.

«Amor».

«Es el amor».

«No siento amor por nadie. De hecho, ya que estamos, no siento amor por nada. Sé que suena estúpido, no sabría describirlo. Es como si viviera en un piloto automático constante, ¿sabes? Como si solamente me impulsara un tanque descompuesto que no se puede llenar nunca».

Su nombre era Renzo. Tercer hijo de la familia Vega, aunque no por rango de antigüedad, sino por rango de importancia.

Es lo normal tratándose del único artista en un linaje de académicos. Especialmente cuando tomamos en cuenta que, en el lenguaje contemporáneo, "artista" es sinónimo directo de "pobre bastardo sin empleo".

«Ni siquiera sé por qué te digo esto. Supongo que quería que lo supieras. Que supieras que no es tu culpa. No es culpa de nadie más que la mía, realmente. Estoy roto. No sabes lo mucho que me gustaría no estarlo, pero estoy roto. Y no hay nada que pudieras haber hecho al respecto. Yo... No lo sé. Mierda. Puta madre -- espero que esto te sirva de algo».

En la mano izquierda sostenía su teléfono con torpeza. En la diestra, balanceaba de un lado a otro una botella de ron medio vacía.

Las gordas bolsas negras bajo sus ojos se notaban casi tan oscurecidas como su mirada, cuyo único objetivo era seguir el ritmo del líquido en movimiento.

Mientras su dedo jugueteaba con la idea de apretar el botón de colgar, no podía evitar cuestionarse qué tan correcto era lo que estaba haciendo.

«Perdón».

Ya había llegado hasta aquí, al fin y al cabo. El mensaje de voz se envió y Vega resguardó su celular en el bolsillo de la bata roñosa que llevaba puesta. Era tan ridículamente larga que le bajaba hasta más allá de los pies, parecía la capa del señor oscuro de una mala película de fantasía.

Luego solamente se sentó, en silencio, mirando la pared blanca de su habitación durante lo que se sintieron como horas.

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Pegó un suspiro largo. No le había hablado en más de 6 meses y aquel era el primer rastro de vida que ella recibiría por parte suya desde ese entonces. Quizás el último.

Temía que lo tomara de la manera equivocada. Que, en vez de ayudarla, creara en Lana una necesidad horrible por seguir escuchándolo. Por saber más de él. Por, incluso, Dios no lo permitiera, perdonarlo.

Sin embargo, era el primer paso; el más importante de todos. El empujón que necesitaba para empezar una vida mejor.

Sí. A partir de ahora, las cosas irían directo hacia arriba. Jamás había pensado que aquello fuese una posibilidad, pero ahora estaba aquí.

Las ojeras monstruosas, crines sucios y aliento de borracho no lo hacían parecerlo, pero Renzo Vega se hallaba en una posición realmente buena. Por primera vez desde que había llegado al mundo sentía que podía avanzar. Cambiar las cosas. Redirigir el veneno en su cerebro hacia algo para lo que de hecho fuera útil.

Quizás... Fue esa la razón por la que su cabeza se encontró especialmente confundida una vez se dió cuenta de lo que acababa de ocurrirle, justo ahí, en ese exacto mismo momento.

Un suceso falto de todo entendimiento o lógica. Uno repentino, desconcertante hasta puntos imprevisibles. Ridículos, incluso.

De un momento a otro, su cabeza dolió. Para cuando se dio cuenta, todas las luces se habían apagado; incluso a pesar de lo azul que antes estaba el cielo. Fue espontáneo, sin sentido, negándole la más mínima oportunidad de recibir explicación.

—¿Qué...? —espetó en voz alta, para si mismo.

Parpadeó un par de veces como intentando quitarse una basura del ojo. Luego ladeó la cabeza, lento, atentamente.

Izquierda, derecha. Arriba, abajo. Ventana, puerta, techo, suelo. Se miró las manos. Se miró los pies. Se miró en el reflejo a través de la botella.

Y efectivamente, no cabía duda: ya no estaba en su habitación.

Había ocurrido mientras le echaba ojo perezoso al balancear del líquido en su frasco. Era pausado y casi relajante, un movimiento lento que iba de un lado a otro, y de un lado a otro, y de un lado a otro.

Y entonces, en cuestión de un simple parpadeo, no más tardío que una fracción de segundo, todo a su alrededor se sintió distinto.

De repente, el vaivén suave de su bebida ya no hacía parte únicamente del alcohol que se cernía en el fondo del vidrio. Ahora lo sentía también bajo sus pies.

Los finos rayos de sol que antes llegaban de la ventana habían pasado a transformarse en una nube de oscuridad espesa. En su lugar, la única fuente de luz en el habitáculo brotaba de una vela insípida y medio-derretida que descansaba sobre un escritorio de madera vieja el cual, ya que estamos, ni siquiera se parecía al suyo.

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—... ¿Eh?

Volvió a balbucear, y sin dudarlo paseó su propia mano frente al fuego un par de veces, como para asegurarse de que sentía su calor. Que no se lo estaba inventando.

Le tomó un par de segundos darse cuenta de que afuera oía el sonido de la lluvia. Y qué digo lluvia, era una tormenta a toda regla. Una fuerte, vil, llena de ira e intensidad.

¿Y la sensación de movimiento en el suelo? Fue igual de rápido en notar que no se trataba de un terremoto o un temblor, pues lo que podía escucharse en los exteriores del cubículo ni siquiera se le parecía al ambiente de una ciudad.

No. Lo que se oía allí afuera era el movimiento de las olas de un mar.

—¡¿Qué carajo?!

Y exclamó, una tercera vez, buscando estar completamente seguro de que su propia voz sí sonaba de verdad. Que no estaba loco. Que no se había quedado dormido en su silla y ahora vivía un chiste de mal gusto contado por su propia cabeza.

Pero todo esto... Todo esto sólo podía tener esa explicación, ¿verdad? Había bebido de más y se había desmayado. Es decir, hacía no menos de dos minutos que estaba sentado tras el escritorio apestoso de su dormitorio, enviando un mensaje de voz por su teléfono.

Ahora, y sin explicación aparente, se encontraba en medio de un minúsculo cuarto de madera antigua, a oscuras, varado en lo que solamente podía asumir que se trataba de un barco en movimiento.

—¡Buen-!

... No. Idiota. Colocó sus dos manos sobre su propia boca antes de continuar con el intento de grito, rezando en secreto por no haber sido escuchado.

¿Qué clase de imbécil empieza a hacer ruido apenas entrar en territorio desconocido? Pensó de inmediato en lo decepcionado que habría estado su capitán sobre aquel primer instinto.

Fue entonces que Renzo pegó una bocanada de aire suave y, con torpeza, se levantó de la silla.

Podía sentir el movimiento del bote balanceándose con cierta rabia, el fuego de la vela se movía de un lado a otro y las paredes rechinaban con fuerza. Si prestaba suficiente atención, juraba que a través de la madera podían oírse gritos.

Caminó un paso, luego dos. Pegó su mejilla contra el muro e intentó oir lo que había al otro lado. Tenía una expresión boba en su rostro, entrecerraba los ojos y apretaba las cejas y hasta hacía boca de pato, como si eso de alguna forma fuese a mejorar su sentido de audición.

La verdad es que nunca había sido el más listo de la familia Vega, quizás por eso se hizo escritor en vez de médico.

—¡... urka! ¡Revra, revra! —Se escuchó por detrás del tronco, muy difícilmente.

—¿Qué... putas es...? —pensó en voz alta, siendo su aliento a alcohol rancio lo que le hizo darse cuenta de que había abierto la bocota otra vez.

Sonaba a un hombre, pero no parecía hablar en un idioma que Renzo pudiera entender. Gritaba desesperado y, junto a él, se oían también los chillidos y las maldiciones de otros sujetos en la misma situación.

Se separó de la pared un momento. Si este era un sueño, no era de aquellos en los que se pudiera divertir. Su mente no le estaba dando espacio a simplemente salir volando, o a hacer aparecer una voluptuosa mujer en sus 40's que le acariciara la cabeza y le dijera que todo iba a estar bien.

Generalmente, si descubría que estaba soñando, era inmediatamente capaz de hacer ocurrir ese tipo de cosas. Lo segundo, especialmente.

Pero hoy no. Hoy no podía. Porque lo que sea que estuviera ocurriendo, no ocurría adentro de su cabeza. O, como mínimo, no a causa de un simple desmayo.

Tacteó su alargada bata con cierto desespero. Tal como lo pensó, su teléfono continuaba allí escondido y se mantenía tan funcional como lo estaba unos 5 minutos atrás.

Las aplicaciones se hallaban en su posición usual, la hora era la misma de hace un rato e incluso su estúpido fondo de pantalla de aquel perro gordo con sombrero gracioso seguía exactamente igual que la última vez que lo vio.

Pero la señal estaba totalmente muerta y, como era de esperarse hallándose varado en el medio del océano, no había una sola conexión wifi disponible.

Tragó saliva. En la mano diestra aún llevaba esa botella de ron vieja, entre los pies aún tenía puestas esas ridículas pantuflas de conejo que le habían regalado sus sobrinos la navidad pasada, y en su mejilla aún sentía el picor de su barba reseca.

No estaba loco. No lo estaba, ¿cierto? No podía estarlo.

Lo que solamente podía indicar que una entidad éldrica aleatoria había decidido teletransportarlo a un barco viejo en mitad del mar de algún país extranjero. Donde para empeorar las cosas, transcurría una destructiva tormenta que acabaría con la vida de todos a bordo.

«No... Esa mierda no existe. Imbécil. Tomaste absenta», concluyó finalmente.

Había bebido absenta en vez de ron, de allí que estuviera alucinando. Aunque era raro, el color de su bebida no era el mismo que el de la absenta en lo absoluto. Pero seguramente era parte de la alucinación. Tenía que ser eso.

Pegó un suspiro, se arregló la bata y se decidió a caminar de regreso a su silla. Se sentaría durante unas horas a inmiscuirse en su propia miseria y eventualmente ya se pasaría el malviaje.

Y ahí fue cuando una grieta gigantesca se formó en la pared, justo frente al escritorio hacia donde él pretendía regresar tan tranquilamente.

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El sonar de la estructura rompiéndose en decenas de grandes pedazos fue casi tan brusco como el de los truenos volando a través del cielo marino.

En un santiamén, montones de trozos de madera habían salido disparados de un lado a otro, impulsados por un objeto pesado cuyo sonido bárbaro hizo eco apenas este último chocó contra el piso.

Vega sintió inmediatamente el golpe del frío en su rostro, la humedad de las gotas de lluvia que rebotaban a través del agujero gigantesco que acababa de formarse frente a él.

Parpadeó torpemente, se frotó los ojos y luego los abrió bien grandes. Su cuello se ladeó inevitablemente hacia el inmenso hueco en la pared. Un escalofrío le recorrió la espalda apenas notar su realidad.

A través de la ventisca asesina, el mar nocturno era infinito y el resonar de la tormenta rugía intenso. Se sintió observado, a pesar de que allí afuera solamente le esperaba un vacío retumbante.

Siluetas humanoides corrían y gritaban de un lado a otro. Haces de luz de diversos colores volaban a través del aire, como láseres siendo disparados.

Giró la cabeza en dirección a los trozos de pared destruída, al escritorio que ahora se hallaba partido en pedacitos. Bajo los escombros, yacía el objeto que había hecho estallar todo de un empujón.

El escritor no tardó en notar lo evidente, aquel bulto que descansaba sobre la madera vieja no era ninguna "cosa". Se trataba de un hombre. Uno que, ya que estamos, no parecía respirar.

Maldita sea: uno que ya que estamos, ni siquiera parecía un "hombre" en lo absoluto.

Su cuerpo resultaba gigantesco, a ojo de pato indicaba superar los 2 o 3 metros de altura. Y su piel, de un pálido color azulado, se notaba tierrosa y endurecida, como la de un elefante. Tenía piernas largas y flacuchas que le sobrepasaban por mucho el tamaño del torso. Y aquello se combinaba a los extensos cabellos que salían de su estirada cabeza.

Pero claro, lo bizarro de su apariencia no era lo más importante, sino el hecho de que a través de su estómago se asomaba una grieta de carne inmensa que desde lejos hacía parecer como si lo hubieran cortado a la mitad.

El charco de sangre espesa casi brillaba en un rojo enfermizo. Se esparcía contra la madera como si fuera un parásito. Lento, viscoso. Si Renzo no vomitó, fue porque antaño había visto escenarios similares más veces de las que le gustaba recordar.

—Hey.

Se llevó una mano a la frente, sus ojos cansados miraron la silueta más de cerca. Lo que sea que fuese aquel humanoide, ya no estaba respirando.

—Esto es una puta broma, ¿no? ¿Dónde está la cámara?

Pero no sonaron risas enlatadas, no le saltó encima un chico flacucho y de actitud molesta grabándolo con su GoPro a gritarle en la cara que iba a salir en YouTube. Si era una cámara oculta, en serio les gustaba tomarse su tiempo.

Aún medio borracho, el hombre dió un par de pasos hacia el cadáver. El balanceo del barco era extremo y su cabello se movía por todos lados a causa del aire bruto soplándole encima.

Le dio un par de patadas suaves en la primer pierna que encontró, la bolsa de carne no hizo más que temblar torpemente ante los intentos fútiles de aquel idiota por hacerla reaccionar.

—Oh.

Sí, Renzo, "oh" en efecto. El cuerpo, aún medio-caliente, se sentía igual de real que lo helado de aquel tormenta y lo sólido del suelo sobre el que estaba parado.

El hombre comprendió entonces todo el peso de lo que sucedía. Si no estaba alucinando, si no estaba loco, entonces, ¿qué carajo estaba pasando? Sintió un bajón repentino en el sistema nervioso, un retraimiento de sus venas desde el cuello hasta los pies.

Cuando su cabeza finalmente tomó atención a su alrededor, cuando la sordera momentánea ya había desaparecido, el barbudo escuchó una vez más lo que sólo podía describir como gritos del infierno.

Afuera, voces de todo tipo seguían desgarrándose la garganta en aquel lenguaje extranjero que había escuchado antes y que aún le era imposible reconocer del todo. Parpadeó con fuerza, tragó saliva.

Se tambaleó torpemente hacia el agujero en la pared y, con cuidado, se asomó a través de la cobertura, pretendiendo mantenerse oculto.

Quizás aquel acto de imprudencia había sido lo que irónicamente le salvó la vida. Fue apenas sacar la cabeza que escuchó un silbido intenso, pero no desde frente suyo, sino desde atrás.

No sabía lo que era, sólo que reconocía ese sonido de antes y que debía saltar lejos lo más rápido posible. Fue sólo cuestión de salir del cuarto, en un segundo la explosión de materiales tras de él hizo un estruendo mayor al de cualquier trueno.

Agitado, miró hacia el frente: toneladas de cadáveres decoraban la escena. Algunos humanos, otros con físico similar al del extraño hombre que se había estrellado a través de la leña. Los que estaban vivos demostraban estar en su misma situación, aterrorizados y confundidos, corriendo de un lado a otro, buscando cobertura.

Giró hacia atrás. La habitación en la que antes estaba ya no existía. Sus paredes se habían destrozado a la mitad, dejando expuesto el interior. Y no sólo era esa, sino todos los demás camarotes que otrora acompañaban sus costados. Era un barco enorme, y aún con esas, existía algo que acababa de partir su estructura en dos de un sólo movimiento.

No tardó en sentirlo. Miró hacia arriba. Una figura larga y ondulante flotaba sobre él. Era dantesca. La cola de un animal marino, azulada, escamosa, llena de filosas puntas humedecidas que goteaban partículas acuáticas del tamaño de osos pardos. Había destrozado los camarotes de un latigazo, y ahora regresaba lentamente hacia su posición inicial.

La siguió con los ojos, a estribor. Y allí fue cuando por fin la vió. La razón del pánico. De los gritos y la muerte, de la inevitable desesperanza que llenaba a cada espíritu sobre la borda.

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Durante un momento el tiempo se detuvo y los latidos de su corazón vibraron con tal intensidad que sus tímpanos parecían estar a punto de explotar. Le fue imposible creerse lo que estaba viendo, pero aquel presencia era tan cruda que no había una forma realista de quedarse atrapado en la etapa de negación.

La figura de la serpiente gigante se erguía sobre el barco como una torre de mil pisos. Y, a priori, ese aparentaba ser exactamente su tamaño. Renzo sintió su propio cuerpo perder todo rastro de interés por la idea de sobrevivir. Era incluso terrorífico. Un nivel de aceptación puro y absoluto, demasiado inmediato como para ser natural.

Esto era la muerte. ¿Qué más podía ser si no?

Sus piernas perdieron la capacidad de moverse y su estómago se apretó a si mismo. La cabeza del animal flotaba bajo la tormenta, su alargado cuerpo ondulaba en una danza temible y meticulosa. Tenía un color aguamarina, oscurecido, que camuflaba sus escamas a través del eterno espacio marino tras de si.

Pero eran sus ojos, aquellos orbes vacíos, los que le hacían entender al hombre lo fútil de su predicamento. Brillaban en un blanco intenso, la falta de pupilas permitía que la superficie nublada y escabrosa de su mirar se notara hasta en los huesos. Vega nunca se había sentido más visto en toda su vida.

—... Hah.

Bufó en su sitio. Por alguna razón el animal no se movió, únicamente miró, fijo, y sólo pudo asumir que era para burlarse de él. Se arrodilló allí mismo, hacia la criatura. Observó cada detalle de su monstruosidad. Cada colmillo de su desagradable boca. Cada membrana de su extenso cuerpo.

No tenía idea de qué coño había pasado, pero sí de que no había nada que pudiera hacerse al respecto.

Fue allí, en medio de lo que se sentía como un final indiscutible, que lo escuchó.

—Ba-ba-ba-ba-baba....

Sonaba... Estúpido. Era el balbuceo de lo que parecía un chico joven, demasiado joven como para que tuviera lógica que se hallara envuelto en esta masacre. Renzo paneó el área con la vista, y allí lo notó.

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El muchacho no daba impresión de superar los 15 años. Tenía el pelo alborotado y un par de gafas cuadradas cuyos lentes brillosos casi hasta le ocultaban el mirar. Sus ropajes, un pantalón simple y una camisa con corbata, estaban demasiado bien cuidados dada la situación.

Era, en todo el sentido de la palabra, un nerdo.

Excepto por un detalle extraño. Algo que por norma general no calzaría con una persona de sus pintas. Sus dos brazos estaban repletos de tatuajes. Raros dibujos tribales de varias formas y tamaños que le recorrían toda la piel.

—¡M... Ma-ma-ma...! ¡Magia! —gritó, con la voz temblorosa.

—¿Qué? —Vega no pudo evitar arquear una ceja.

Elevaba su brazo derecho hacia adelante, mientras se agarraba la muñeca con la mano contraria. Intentaba... ¿Disparar algo de su palma? La apuntaba directamente a la bestia, que sólo se limitaba a espiar con aquel sonrisa torcida.

—¡A-a...! ¡Activación!

—¿Es idiota?

Tenía que ser idiota. ¿Qué estaba haciendo? El barbudo hasta olvidó lo terrorífico de la situación a causa del raro comportamiento del joven.

Con cada balbuceo, el gafudo intentaba girar el brazo, latiguearlo hacia adelante, poner la mano en forma de pistola. Renzo pegó un suspiro y se comenzó a levantar en su sitio. Pensó que quizás habría tiempo de buscarle un bote, algo en lo que pudiera escapar.

Por supuesto, se dio cuenta de inmediato de lo absurdo de esa idea. Esa cosa era demasiado grande, aún si aquel niño lograba naufragar un par de metros, estaría jodido en cuestión de segundos.

Pero le había nacido una necesidad repentina de sacarlo de allí. Quizás porque le recordaba a sus sobrinos, quizás porque consideraba que nadie de esa edad debería experimentar un terror como este.

—Ay ayay...

Emitió el chico en aquel voz temblorosa, y el escritor notó de inmediato la razón. Un sonido hondo reptó a través de sus tímpanos, el barco tambaleó con mayor fuerza que antes.

Desde arriba, llena de una inmensidad indescriptible, la presencia de la serpiente marina pudo sentirse sin siquiera tener que verla. Sus ojos envueltos en muerte se centraron en el chico.

—Hey... Espera —exclamó Vega, más para si mismo que para cualquier otra entidad.

Pero sus palabras no tenían ningún tipo de importancia. Notó entonces que el temblor en el cuerpo de aquel joven se hizo aún más grande. Sus piernas buscaban desmoronarse en su sitio y sus ojos no tardaron en lagrimear.

Intentó hablar, quejarse, gritar otra tontería, pero el estudiante había quedado mudo ante aquel visión del inframundo. El ondeo en el cuerpo de la bestia fue lento, metódico. Empezó a alzarse hacia las nubes, a aumentar su tamaño.

Renzo trató de hacer algo, lo que fuera. Pero no había nada. Absolutamente nada. ¿Distraerla, quizás? Parecía imposible, ya se había centrado en el niño.

Fue allí que el monstruo abrió la boca, su aliento salado llegó hasta las narices de todos los pasajeros que aún guardaban un mínimo de consciencia. En un solo movimiento, luciendo aquel hilera de dientes infinita, el engendro se lanzó directo hacia la cubierta, preparándose a tragar al tatuado.

—¡NO!

Gritó el barbudo, que sin pensárselo dos veces, pegó un salto en su sitio. Allí mismo le despertó un coraje que creía perdido, un acto incomprensible de instinto puro.

Agarró al joven en brazos, dando la espalda a la monstruosidad ruin que caería sobre ellos en cuestión de medio segundo.

¿Por qué lo había hecho? Era totalmente inútil. Se trataba de una hormiga intentando detener a un titán.

Pero algo dentro suyo cambió de posición. En el momento no supo descifrar el qué. Se sintió como mover una extremidad, como girar la muñeca o apretar el pie. Una acción natural de su cuerpo.

Desde la lejanía, en la oscuridad de la noche eterna, aquel gigantesca y rechinante embarcación se mostraba minúscula ante la indiscutible grandeza de la legendaria Vilu.

Sus punzantes colmillos tactearon dos siluetas pequeñas, preparándose también para destrozar en cientos de pedacitos al navío sobre el que se ubicaban.

Mas cuando todo parecía perdido, las estrellas en el cielo pudieron observar un haz de luz gigantesco. Una bola de energía translúcida que nació en el centro de aquel vehículo marino, y que creció a una velocidad imposible hasta hacerse incluso más grande que la serpiente indescriptible que lo atacaba.

El estruendo que le siguió a tal evento fue ensordecedor. Esa noche, una explosión de energía inmensa causó que las olas llegaran hasta el cielo y los peces volaran sobre las nubes.

Y en cuestión de unos pocos segundos, el océano guardó silencio. La tormenta se disipó. El vacío infinito del mar regresó a su ambiente en quietud.